jueves, 11 de enero de 2018

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Aquí no hay quien viva, por Alicia Galisteo

En los últimos meses, España se está convirtiendo en un capítulo de esta famosa serie de televisión y es que, a veces la realidad supera a la ficción. Porque si metes en una coctelera a un independentista, a un constitucionalista y a un reaccionario tienes cubierta una temporada o la tercera parte de Ocho apellidos belgas.
Y es que los vecinos del cuarto, a propuesta del presidente de planta, decidieron hacer una votación que afectaba a la comunidad pero no tenían el permiso del resto de vecinos; así, esa votación no tenía ninguna legitimidad, pero fueron el resto de vecinos los que se la dieron. El vecino de abajo colocó una bandera para que el bloque permaneciese unido, mientras los vecinos del cuarto ponían otras banderas totalmente diferentes; ellos querían decidir su futuro en su planta.
Probablemente os suene esta serie, pero ahora nos dan un capítulo diario, y es que los medios de comunicación nos mostraron una guerra callejera entre unos vecinos que querían votar pacíficamente en unas elecciones ilegales y unos Cuerpos y Fuerzas de Seguridad de la Comunidad a los que habían ordenado que aquello era una guerra y que se jugaban el honor de un bloque, ya que nadie les había explicado que nunca se apagará un fuego encendiendo un mechero.
Las cosas se iban precipitando y el presidente de la comunidad de vecinos le pidió al que manda en la cuarta planta que dijese si esa votación provocaba que el resto de los vecinos ya no podían decidir sobre esa cuarta planta; pero el presidente de la cuarta planta respondió que esas elecciones eran un comienzo para escuchar a la planta, el problema es que solo votaron los que querían poner barreras en el bloque, que anteriormente habían salido a la calle para quejarse de todas las cosas malas que el presidente de la comunidad les estaba haciendo en su planta.
Finalmente, el presidente de la comunidad de vecinos decidió aplicar un artículo del código de convivencia que tienen todas las viviendas democráticas y volver a hacer unas elecciones legales en la cuarta planta, para ver si el que los representaba tenía una verdadera legitimidad. Y es que el desenlace se estaba acercando, pero decidieron prolongar la temporada para darle más emoción. El presidente de la cuarta planta dijo que quien subiese a esa planta tendría una República Independiente de un bloque de vecinos que ha maltratado a esta cuarta planta y, si apoyaban a esta República, nadie les robará dinero y todos los vecinos vivirán en un mundo ideal, pondrán ascensor para los mayores solo en esta planta, pintarán las paredes y todos los vecinos vivirán felices en esa planta.
Aun así, muchos vecinos querían seguir compartiendo espacios y leyes de toda la comunidad de vecinos, incluso leyes que están obligados a cumplir por instituciones europeas que, en el caso de que la planta cuarta se fuese de la comunidad de vecinos, no serían aceptadas por estas instituciones.
La justicia decidió actuar para hacer cumplir la ley de todos los vecinos, así que el que capitaneaba el barco se aprestó a huir para pedir refugio en un bloque extranjero y otros que no eran los líderes de esta idea “pagaron el pato”.
Hubo unas elecciones en diciembre para intentar solucionar el problema, pero el “cuñadismo” del bloque, las banderas y la calle seguirán sin ser la opción que necesitan los vecinos. Y es que hace falta abrir la mente incluso antes que los oídos y encontrar puntos en común; la boca ya la han abierto demasiado y parece que esta historia se está alargando más de la cuenta. Quizás todo esto sea un sueño y ni al presidente de la comunidad ni al presidente de la cuarta planta les conviene que el resto de vecinos despierten.