sábado, 16 de diciembre de 2017

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Las botas (el camino se hace al andar... y con botas), por Ángel Márquez

Después de unos años me ha tocado la jubilación. Estoy satisfecho con ella, pero no puedo decir que mis andanzas hayan sido siempre un camino de rosas. Todos los de mi gremio hemos nacido y vivido para andar cuando nos han colocado el motor de los pies. Somos muy variopintos; unos nacen para el verano y otros para el invierno, unos para marchar por un piso cómodo y sin sobresaltos; otros para el trabajo, otros para la diversión, y otros hemos nacido para la aventura. En esta última categoría es donde me ha tocado vivir: andar caminos, pisarlos y hacerlos. Mi vida se ha alimentado de naturaleza. A pesar de que ha sido una andadura dura no la cambio por la de mis compañeros que viven para el trabajo. Toda mi vida ha estado dedicada a la diversión, descansando durante la semana y siendo los fines de semana cuando me ponía en movimiento. He andado por infinidad de caminos siempre nuevos y distintos en donde cada paso era una sorpresa, la mayoría de las veces agradables. Reconozco que pisar caminos con sus piedras, sus guijarros, baches y pinchos no es un camino de flores, pero esto queda compensado por esos paisajes bellos y algunos inverosímiles, que si uno tuviera alma a buen seguro que más de una ocasión no obedecería la orden de mis motores para contemplar y disfrutar tanta belleza que mi piel ha sentido y recibido.
Ahora toda queda en los recuerdos, pero como tengo tiempo me apetece recordarlos. He marchado por caminos o vías llanas, pero como en la naturaleza, la mano del hombre no la ha manoseado mucho, las cuestas arribas y cuestas abajo están a la orden del día. He atravesado ríos, arroyuelos y charcas y a pesar de que mi vestimenta no ha estado preparada para estas adversidades, de todas ellas he salido con éxito con la ayuda de un poquito de sol. También he pisado las entrañas de la tierra entrando en cuevas de silencio, roto este sólo por las linternas que nos ayudaban a caminar.
Mi jefe supremo –el que arranca mis motores–  se unió a varios grupos de senderismo. Con ellos hemos viajado a lugares donde la naturaleza jugaba a ser una caja de sorpresas; hemos conocido pueblos y sus habitantes, que nos han contado toda clase de historias, y hemos venido de cada viaje más llenos de cansancio y de vida. Con estos grupos de senderismo, Jóvenes Aventureros y Grupo de Senderismo GPS, hemos disfrutado de casi toda nuestra geografía más cercana en su estado más puro, más primitivo y prístino.
Mi nombre no tiene pedigrí y he conocido muchos colegas de muy distintas clases sociales. Reconozco que no vengo de una clase social alta y adinerada, pero a todas luces he estado a la altura de mis compañeros para las caminatas.
Ya con mis buenos años y mis muchas cicatrices en mi piel, a un loco de altos vuelos se le ocurrió la idea de subir las ocho cumbres más altas de cada provincia de Andalucía. Ya tenía mis buenos años y kilómetros cuando esta idea comenzó a germinar. No me amedrenté y cuando tocó la faena me puse pies a la obra. De los ocho picos, y debido a mí avanzada edad, solo he podido subir cinco cumbres. Me llegó la jubilación antes de cumplir mi deseo de subir a los ocho miradores de Andalucía. Cada uno de ellos ha sido una aventura distinta y especial.
Subir cumbres siempre resulta un poco más dificultoso que andar por caminos llanos y castizos, pero no para mí, en todo caso para mi jefe. Al subir cumbres, sin hacerle la competencia al alpinismo –que uno no ha nacido con ese espíritu– cuando se termina la ascensión, aunque cansado, siempre es gratificante. En estas subidas, el cansancio va proporcionado al placer que se experimenta allí arriba, donde más que la boca, los labios y la lengua, quien habla es la vista. Yo sin hablar disfrutaba de las vistas inmensurables que se nos ofrecían. En la montaña, allá arriba, es donde se ve la infinita generosidad de Dios, pues toda su grandiosidad se la regala a la montaña. Extasiado ante el paisaje, a veces cuesta discernir quién es Uno y quién es la otra.
Ahora me queda alimentarme de los recuerdos, y mi futuro incierto como el de mis compañeros será el cajón oscuro y miserable del abandono y olvido.