viernes, 23 de junio de 2017

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Psicología del juego de mesa cooperativo, por Víctor Barranco

He utilizado este medio en varios ladríos y mordiscos (con la venia de Barricada) para comentar algunos aspectos poso usuales de los juegos de mesa, como la vertiente educativa de los mismos o su relación con el mundo de la literatura. Hoy vuelvo a indagar en la parte trasera de los boardgames para hablar del juego cooperativo. Y, cómo no, del aspecto educativo del mismo. Pero, antes de empezar, ¿qué es eso del juego de mesa cooperativo?
La etimología en este caso, como en casi todos, nos da la respuesta. Un juego cooperativo no es más que un juego de mesa en el que todos los jugadores trabajan en la misma dirección para alcanzar un objetivo común. En los juegos cooperativos puros no gana un solo jugador: o ganan o pierden todos los jugadores. El espíritu cooperativo se alza sobre el competitivo. La verdadera esencia de este tipo de sinergias puede tener su origen en la teoría de juegos, una disciplina de las Matemáticas que estudia las interacciones humanas en la toma de decisiones. Si quieren saber más, busquen en su navegador “John Nash”, “dilema del prisionero” o “teoría de juegos” y déjense sorprender…
Pero vayamos al grano. La mayoría de juegos de mesa cooperativos suelen proponer a los jugadores sucesivos retos que, de ir superando en equipo, permitirán llegar a un desenlace final, en un desarrollo cada vez más difícil. Psicológicamente, un buen juego cooperativo es capaz de mantener a los jugadores en tensión hasta el final de la partida, generando una liberación continua de adrenalina que hace especial la sensación de jugar a este tipo de juegos frente a otros puramente competitivos.
El precursor de este tipo de juegos fue Jim Deacove, con títulos como Mountaineering, The Secret Door o Max, editados entre los años 70 y 80 y convertidos en el sanctasanctórum de los juegos de mesa infantiles cooperativos. Con un evidente aire vintage, la propuesta  de las creaciones de este padre canadiense se basa en disminuir las manifestaciones de agresividad de los juegos competitivos entre el público infantil, sustituyéndolas por ideas de sensibilización, comunicación o solidaridad. Se superan obstáculos, no personas.
Desde el plano pedagógico, los juegos cooperativos son especialmente recomendables a partir de los 8 años, cuando el cerebro del niño empieza a desarrollar habilidades de trabajo en equipo. Compensar el individualismo y la competitividad de la sociedad actual con este tipo de juegos puede ser un buen reto a asumir por el profesorado de Primaria. Además, el juego de mesa plantea un desafío a un niño con evidentes necesidades de superación para poder desenvolverse de forma satisfactoria en distintas situaciones.
Hanabi, de Asmodee, es una buena manera de iniciarse en esta disciplina lúdica. Una variante del clásico “cinquillo” al que muchos de nuestros abuelos nos enseñaron a jugar. Si quieres más emoción, Pandemia (Homoludicus-Devir) hará las delicias de los jugones más pequeños.
Para niños un poco mayores tenemos Rescate o La Isla Prohibida (Devir). Si te gusta ponerte en la piel del detective, Sherlock Holmes Detective Asesor sigue lanzando reediciones desde hace más de 25 años, convirtiéndose en uno de los mejores juegos de deducción de la historia. Y, si lo tuyo es la literatura fantástica, podrás sumergirte en un universo lleno de emocionantes criaturas con Zombicide o Eldritch Horror (Edge), Pathfinder Adventure (Devir) o Space Alert (Homoludicus-Devir).
Hasta aquí un pequeño repaso al juego de mesa cooperativo. Recordad siempre las palabras del fisiólogo José Manuel Rodríguez Delgado: “sería ideal que el objetivo máximo de la educación fuera la felicidad, y entonces el juego tendría un papel predominante”.
Juguemos y seamos felices, entonces.