lunes, 22 de mayo de 2017

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¿Populismos?, por Berganza

Querido Cipión, ni estoy de acuerdo con tu opinión ni la comparto. Eso sí, defenderé tu derecho a que la expreses libremente y a que seas respetado por quien, como yo, no coincida contigo. Esto último, precisamente, es lo que me diferencia de los populistas.
Para el populismo no existe más que el negro y el blanco; el gris no es una opción. O estás conmigo o estás contra mí. Solo hay buenos, los nuestros, y malos, los demás. Negociar, llegar a acuerdos, son meras expresiones del diccionario, nunca cederán en sus ideales para llegar a un punto de encuentro común.
Un peligroso y cobarde simplismo que siempre es capaz de encontrar un culpable externo a cualquier problema existente o sobrevenido. Para eso están los otros, los sistemas, las castas, los de fuera, los que tienen otras ideas, religiones, color de piel o tendencias sexuales, para acarrear con la responsabilidad de los males que nos aquejan a los que somos puros. Da igual que acabemos cometiendo los mismos errores; para los nuestros son excusables, travesuras de niño pequeño, para los otros, pecados capitales sin perdón alguno.
Una de las circunstancias más sangrantes para la ciudadanía se da cuando elementos destacados del propio sistema: políticos, jueces, empresarios, multinacionales…. se aprovechan de sus defectos y recovecos en su propio beneficio. Indigna. Y para el populismo el culpable está bien claro: el sistema por el que nos regimos en sí mismo. Hay que romper la baraja.
¿Tenemos accidentes de tráfico por exceso de velocidad o ingesta de alcohol? Prohibamos los vehículos. ¿Para qué buscar a los conductores responsables? Eso lleva más tiempo y esfuerzo. Y todos tan contentos hasta que descubren, ya tarde, que no pueden coger el coche. Como esos felices votantes de Trump o del Brexit que irán comprobando que igual los inmigrantes, los islamistas del ISIS o los burócratas de Washington y Bruselas no eran los responsables de sus males. Da igual, ya les buscarán otros demonios; es más fácil que encontrar y castigar a los culpables individuales y corregir esos defectos de nuestra democracia. Aunque, mientras tanto, sus países se vuelvan más pobres e intransigentes.
Obviamente nuestra sociedad tiene problemas, muchos, y el sistema político y judicial por el que nos gobernamos y regimos no siempre es capaz de dar solución y reaccionar con la prontitud que nos gustaría. Pero, al final, aunque tarde en muchas ocasiones, esta democracia imperfecta que tenemos responde, demuestra que es el menos malo de los sistemas. Situaciones complejas nacidas de una sociedad cada vez más global que no podemos parar no se pueden resolver con eslóganes de perfil de Whatsapp y respuestas simplonas e infantiloides; la más recurrente, como cualquier niño pequeño, echar la culpa a otros.
Cipión, amigo, no encuentro ninguna circunstancia en la que pueda resultar lógico que la gente se deje convencer y arrastrar por esas proclamas populistas. Son torticeras, medias verdades interesadas, buscan la diferencia y la confrontación en lugar de la unión y solidaridad, cambian y mutan según convenga a quien las realiza.