martes, 30 de mayo de 2017

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Elogio del viaje, por Carlos Prieto Velasco

La búsqueda de uno mismo se acaba en el momento del último aliento. Hasta el borde de la tumba, se trata de seguir anhelando siempre la fuerza, la vida, el movimiento.
Del libro Teoría del Viaje. Poética de la Geografía (Michel Onfray)


En el inicio de la civilización humana no existía la sociedad sedentaria, el ser humano era nómada y no se establecía en localizaciones fijas. La sociedad nómada se caracterizaba por intentar vivir en paz con la Naturaleza, ya que su supervivencia dependía de su abundancia, de si había lluvia y agua suficiente, caza y comida. La agricultura, la pesca y la ganadería nos volvieron sedentarios. Y las sociedades sedentarias se basan en domeñar la Naturaleza y aprovecharse de ella para sus fines materiales. Esta relación dialéctica entre Naturaleza / Sociedad, dinámica / estática, movimiento / equilibrio permanecen en nuestra sociedad y en el interior de las personas como un conflicto no resuelto. En algún momento de nuestra vida todos nos hemos sentido atrapados por el entramado social que nos atrapa: nuestro trabajo, los compromisos familiares, las obligaciones de todo tipo nos acechan y cercenan nuestra libertad.
En esos momentos en los que nuestra vida nos supera, nos llega una necesidad imparable de movernos, ponernos en marcha y buscar un camino nuevo que nos aleje de nuestras tribulaciones personales. Hoy en día, con nuestros acelerados modos de vida, el Viaje cumple esta función de válvula de escape y devolvernos por un tiempo a nuestro estadio primitivo de nómadas. Más allá del puro escapismo, el viaje nos mantiene viva la esperanza de que es posible cambiar, comenzar de nuevo y reinventarnos. Probablemente sea solo una falsa ilusión, pero la mera promesa de que es posible cambiar nos insufla aire fresco.
Un gran viaje debe tener un efecto de catarsis en el viajero, de poner patas arriba sus sentimientos y sus convicciones más profundas. Por eso el viajero que vuelve a casa es diferente al que se fue. Así viajar se convierte en un proceso circular, te devuelve al mismo punto del que has partido, pero vuelves siendo otra persona, redimido de bajas pasiones y con nuevos objetivos vitales.
Se atribuye a San Agustín la frase latina solvitur ambulando (en castellano sería “se soluciona andando”), referida a que todos los problemas tienen una solución experimental. Sin embargo, también se interpreta en referencia a las virtudes terapéuticas del movimiento y el acto de caminar sin rumbo, pensando mientras vagabundeamos. Paul Theroux escribe que andar en soledad es un acto espiritual, y ese caminar solitario induce a la meditación. Castigamos nuestro cuerpo para descansar la mente, como el antiguo peregrino buscaba la redención a través de su esfuerzo.
Y a pesar de que durante la travesía vamos interaccionando con nuevas gentes, un buen viajero no se preocupa de dejar su huella en los lugares que va conociendo, sino que busca que los demás dejen sus huellas en él. El viajero disfruta de la geografía, se dejar empapar por el paisaje e intenta comprender los usos y costumbres de los lugares que encuentra a su paso.
Los viajes se acaban y tenemos que volver, pero siguiendo a Kavafis, no debemos esperar nada de nuestra particular Ítaca a nuestro regreso, sino que habrá sido el propio viaje el que nos habrá enriquecido. Y al final, el camino nos enseña que más allá de decepciones pasadas y expectativas de futuro; el sentido de la vida consiste solamente en el propio acto de vivir.