martes, 7 de marzo de 2017

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¿Enoturismo?, por Berganza

Querido Cipión, los humanos del siglo XX desarrollaron una forma de evasión de su triste vida cotidiana basada en arremolinarse en playas, montañas, pantanos o ríos: el turismo. El turismo vino de la mano de una gran revolución social de la era industrial: el coche utilitario. Las familias con posibles para adquirir un coche se escapaban masivamente durante quince días de verano. Buscaban ser un poco más libres y felices, huir del duro trabajo y de sus preocupaciones. El problema de los seres humanos es que no se conforman solo con buscar la libertad personal, sino que tienen que demostrar a los demás lo felices que son. Viven en una maraña de relaciones sociales extrañas, donde el turismo se convirtió también en una demostración de prestigio social.
Después llegaron los viajes low-cost, con sus billetes de avión baratos, los cruceros gigantes, la revolución de Internet y las agencias de viajes y reservas virtuales. En definitiva, el acceso al turismo se hacía cada vez más fácil, cada vez más gente podía viajar y los destinos tradicionales se llenaron de torres de apartamentos, paseos marítimos y gente, mucha gente. Y claro, en el comportamiento humano, prestigio significa exclusividad. Hacer turismo ya no era signo de rango social y poderío. El turismo convencional pasó a ser burdo, grosero y vulgar. El ser humano de clase media se dio cuenta del vacío que conlleva la vida normal y que las cosas materiales no llenan dicho vacío. Y así, en lugar de necesitar productos, los humanos se hicieron consumidores de experiencias y emociones.
En 2004 una película lo cambió todo: Entre copas (Sideways en el resto del mundo). En esta película, dos protagonistas viajan durante una semana por los viñedos y bodegas de California para encontrarse a sí mismos y buscar el sentido de vida. La industria vitivinícola vio una manera de sortear sus altibajos y mejorar sus cuentas: convertirían las bodegas en centros de ocio, con catas de vino, pero también con hotel, restaurante… dejarían de vender vino para vender experiencias enológicas. Había nacido el enoturismo. Arquitectos famosos diseñaron grandes complejos de bodega-hotel para las grandes bodegas de siempre, como reclamo para un turista diferente. El enoturismo tiene la ventaja de atraer a un turista con ganas de gastar dinero, con formación, con buenos empleos, un turismo “de calidad” (y poquito de esnob también). 
El problema cuando una empresa tiene éxito es que automáticamente hay otras que la siguen. Y así sucesivamente hasta que el mercado se satura. Y en esas estamos con el enoturismo, en plena expansión y camino de su implosión. Actualmente hay tal cantidad de oferta de enoturismo que parece difícil que nuevas empresas puedan entrar a competir. De hecho, hasta bodegas de medio pelo disponen de una sala para catas, un hotelito, un spa, visitas a los viñedos, paseos a caballo, cualquier cosa para que el turista se gaste el dinero en la bodega. Pero toda esa inversión no se ha visto siempre acompañada por una mejora en la calidad del vino, ni por una mejor comercialización. Otro daño colateral del enoturismo es el abandono del turismo más tradicional, de manera que los turistas ya no acuden a restaurantes ni hoteles de las localidades donde se sitúan las bodegas. El patrimonio cultural en estos sitios recibe ahora menos atención porque los turistas apenas salen del hotel-bodega.
Por último, el enoturismo va de la mano del cuñadismo. Ahora tu cuñado/a enoturista diserta hasta el infinito sobre bouquet, aromas secundarios o retro-gustos; mientras le pone Casera al Don Simón en la reunión familiar de los domingos.