miércoles, 15 de febrero de 2017

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Píldoras deliciosas: Delft, por Paco Vílchez Rodríguez


Otra vez ando por aquí, alojado en la dulce contraportada de “El Ladrio”. Sin fecha de caducidad, y es que eso de contar sensaciones viajeras me alimenta. Al fin y al cabo me transformo en viajero para sentir y contar. Y este marco me parece genial. Con miles y miles de kilómetros en mi alma me he decidido por recordar y volver a vivir estímulos en lugares de esos que a veces pueden parecer segundones. Y aunque Delft, a simple vista no parece tener cerca de cien mil habitantes, por ahí anda. Podríamos decir que es un gran segundón.
Pero aparenta todo lo contrario, parece querer pasar desapercibida, si levantar la voz, sin un tono más alto que otro. Solo las obras del tranvía dan señales de ser una ciudad habitada y creciendo, como esa niña que empiezan a salirle los pechos. Pero las curvas de niña adolescente van tomando forma y cuando el viajero pasea por sus bellas calles del casco antiguo entre canales y edificios engalanados con azulejos de cerámica con tonos suaves y bellos, es cuando uno siente la grandeza de la niña adolescente hecha mujer madura. Todo ello rodeado de una paz y un silencio balsámico.
Delft se deja descubrir, serena, convencida de que enamora, y sin duda es así; quizás por ello Johannes Vermeer quiso hacerla suya para vivir, sentir y crear junto a sus faldas.
Sin duda esa pasión envuelve al viajero por cada rincón del barrio antiguo de la ciudad. Y es que en él, en plena Plaza del Mercado, la propia Delf se reta a sí misma. Ayuntamiento e Iglesia Nueva se miran de frente, a cual más bello, más bella. Como esa mujer joven y madura a la vez que cada mañana se observa al espejo descubriendo sus arrugas y su belleza. El primero guarda siglos de historia relacionada con la realeza orange y la segunda… La segunda es impresionante, su torre toma dimensiones infinitas en el cielo, haciendo perder al viajero que la contempla la noción de la distancia. Supone moldear con la mirada su silueta, poco a poco, lentamente, observando y evadiéndose del entorno. Luego, al volver a la realidad, uno despierta rodeado de bellos cafés de arquitectura típica de estas tierras del norte, donde la duda aparece ante la necesidad de elegir. Y es que Delft, en esa lucha continua por ser ella misma, sigue presente siglos después en cualquier lugar de los Países Bajos. Sus suspiros en forma de cerámica enamoraron a reyes, mercaderes, judíos adinerados, clérigos y un largo etcétera.
Los aires fríos de febrero disparan las sensaciones del viajero, que a veces entre tanta belleza se sorprende por imperfecciones perfectas, como la torre de la Iglesia Vieja, ladeada, y dando un toque caprichoso, marcando su territorio a escasos metros de la Plaza del Mercado. Imperfecciones de mujer madura que muestra con gracia y orgullo, y que la hacen diferente a cualquier otro lugar visitado, a cualquier otra mujer conocida.
Pero Delft no se conforma con enamorar simplemente con su historia, por eso se adapta a los tiempos y en un toque fresco de cabello revuelto al viento, leggins, sonrisa agradable y a golpe de pedaleo, muestra su cara más coqueta, más atrevida. Como esa chica joven que, pedaleando una pequeña carriola con media docena de pequeños rubitos de poco más de tres o cuatro años, sentaditos, y protegidos del frío por un toldo transparente, avanzaba hacia el colegio, mamando desde su temprana edad el sano vicio de la bicicleta.
Lo dicho, Delft supone una píldora deliciosa en los Países Bajos.