martes, 6 de diciembre de 2016

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Cascos históricos para turistas, por Berganza

Cipión, hermano, como aún no nos ha dejado este grande beneficio de la habla, deja que elabore un poco más en el relato de mis viajes que te acabo de reseñar y te cuente mi impresión sobre cuán conveniente para un casco histórico o un centro urbano de un pueblo o ciudad son los turistas.
Como bien sabes, mi querido Cipión, los turistas son una fuente de ingresos muy importante para ciertas localidades que carecen de industria u otros recursos que sustenten a sus habitantes. Estos turistas demandan servicios y provocan inversión que genera empleos y poder adquisitivo en la economía local. Esto es lo que los modernos ahora denominan como economía colaborativa.
Basándome en mi experiencia, amigo Cipión, un turista tiene preferencia por alojarse en el casco histórico, que es donde suelen estar ubicados los edificios y emplazamientos más interesantes y significativos y por los que tal turista ha decidido visitar dicha urbe. De esta manera, el visitante se puede impregnar y beneficiar mejor de los valores y el alma que tal localidad ofrece y que la hacen singular. Tal demanda de turismo inevitablemente hace que los propietarios de los alojamientos, al objeto de ser competitivos y ofrecer mejores servicios, inviertan en la rehabilitación, mejora o acondicionamiento de los edificios destinados a los mismos. En este sentido, esta forma de economía colaborativa también fomenta el emprendimiento, ya que oriundos que cuentan con viviendas en el casco antiguo se deciden a dar el paso y a ofrecerlas a la demanda que tal turismo genera. De la misma manera, como bien sabes querido hermano Cipión, el pequeño comerciante se ubica en su mayoría en los cascos urbanos, donde las grandes superficies que ofrecen miles de metros cuadrados a sus clientes a cambio de oferta más barata no tienen cabida. Pues bien, la existencia de un flujo de turistas que se aloje en tales núcleos urbanos también repercute de manera favorable en la supervivencia de estos pequeños establecimientos ya que, de lo contrario, tendrían que echar el cierre por falta de clientela. Además, mediante los impuestos que este sector genera, los mandatarios de tal localidad cuentan con recursos para invertir en la rehabilitación de las zonas públicas para beneficio de gente local y extraña. Todo esto genera riqueza no solo material sino también abstracta, ya que se contribuye a prolongar la vida de tal casco urbano y de su espíritu.
Entrando ya en el derecho a gozar y disfrutar del casco histórico, en este sentido, mi gran amigo Cipión, te diré que puedes fabricar una réplica exacta de la Mezquita-Catedral de Córdoba en medio del desierto, pero no me negarás, mi querido cánido, que la experiencia de su visita no sería igual de placentera sin haber paseado por las callejas de la Judería que la rodean y a la cual desembocan. ¿Por qué habríamos de privar a los turistas del placer de albergarse en ellas? Para concluir, mi querido Cipión, no nos engañemos, pero es desafortunadamente cierto, que los cascos antiguos están habitados en su gran mayoría por una población cuya edad supera a la media de la población, por no decir anciana, y que, muy a nuestro pesar, tales residentes a veces no cuentan ni con el poder adquisitivo ni con las ganas de impulsar el adecuado mantenimiento o el desarrollo de tales cascos históricos tan necesario para que el espíritu de la ciudad (centro y alrededores) se siga manteniendo intacto.
Estarás de acuerdo conmigo, querido Cipión, en el hecho por el cual el turismo ha venido como agua de mayo en estos años tan convulsos que llevamos, donde esos brotes verdes que algunos tanto pregonan no terminan de florecer de una vez por todas. Por tanto, no neguemos al César lo que es del César.