viernes, 12 de agosto de 2016

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Videojuegos y literatura, por David Luna

Cuando pensamos en videojuegos podemos cometer el error de imaginar que el mundo del entretenimiento digital se basa exclusivamente en matar toda clase de muñequitos que salen en una pantalla porque sí, sin ninguna razón aparente. Nada más lejos de la realidad.
Generalmente, cualquier videojuego, al igual que una película, tiene una historia perfectamente estructurada con un principio, una confrontación y, por supuesto, un desenlace. A veces podemos encontrar juegos con argumentos muy simples como Street Fighter, Pacman o Space Invader…, pero otros son tan complejos que harían la boca agua a los mismísimos hermanos Nolan y que darían para hacer, como poco, una gran novela: Bioshock Infinite, Alan Wake, Farenheit, The Last of Us, Assassins Creed, Fallout, Max Payne, Silent Hills, Dragon Age y así un largo etc. Cualquiera de estas IP (Propiedad Intelectual en inglés Intellectual Property) lleva detrás un gran proceso creativo y necesita de unos excelentes guionistas, ya que una mala historia puede arruinar la experiencia de un juego por muy divertido que sea.  El mejor ejemplo lo tenemos en la trilogía Mass Effect; su final fue tan sumamente decepcionante que los fans hubiéramos preferido, mil veces, que hubiera terminado como aquella serie en la que todos estaban muertos desde el principio o esa otra en la que había sido un sueño de Resines.
Al igual que pasa con el cine, hay muy pocas historias verdaderamente originales, pues todas beben sus fuentes o están inspirados de alguna manera en una obra literaria. El primer ejemplo que me viene a la cabeza fue aquel Don Quijote De La Mancha (1986) que salió para los ordenadores Spectrum. En aquella época me pareció divertidísimo, hoy en día no lo tocaría ni con un palo. Otro gran título fue La Abadía Del Crimen (1987), que en realidad era El Nombre De la Rosa pero por motivos legales tuvieron que cambiarle el nombre. Este juego tenía una dificultad tan frustrante que realmente son muy pocos los que se lo han terminado (y si alguien te dice que se lo acabó le llamas mentiroso de mi parte), da igual que te hubieras leído el libro de Umberto Eco o que siguieras la guía que venía en la revista Micromanía, siempre llegabas tarde a tus oraciones y no pasabas del primer o segundo día en la Abadía.
Mención aparte merecen los videojuegos basados en la obra de Tolkien. Posiblemente habré jugado a casi todos y puedo decir que los he disfrutado enormemente; algunos no tenían mucho que ver con El Señor De Los Anillos, salvo que eran una excusa perfecta para ver a Legolas o Gimli repartiendo estopa a diestro y siniestro por la Tierra Media.
Otro título basado en una obra literaria es Juego De Tronos (2014), de la colección de libros Canción De Hielo y Fuego. Se trata de una aventura conversacional para adultos con momentos de acción frenética en la que deberás tomar decisiones dramáticas que cambiarán el rumbo de los personajes y, por ende, de la historia misma. Ningún fan de los libros de George R. R. Martin debería dejar escapar esta pequeña joya del videojuego que, por supuesto, es tan violenta y sangrienta como la homónima serie de televisión.
Tampoco quiero dejar de recomendar entre otros, ya que hay muchísimos juegos más que merecen la pena pero por falta de espacio no puedo mencionarlos a todos: Call Of Cthulhu: Dark Corners Of The Earth (2006), basado en los mundos de H.P. Lovecraft; Harry Potter y La Piedra Filosofal (2001); Ghost Recon (2001), que salió de la imaginación del mismísimo Tom Clancy, o Alicia En El País De Las Maravillas (2010).
Como vemos, existe un vínculo desde el principio entre el mundo del videojuego y la literatura. Pero, igualmente, existe el caso contrario: videojuegos que han inspirado libros. El caso más llamativo lo podemos encontrar en el fenómeno Minecraft (2011).  Más conocido como “El Maincra” por esa horda de niños ratas que han invadido la red (niño rata es un término que acuñamos cariñosamente -modo ironic on- los gamers para definir a los emisores de esas vocecitas chillonas que amenizan las partidas online con sus maduros comentarios o esa deportiva forma que tienen de aceptar la derrota). Pues bien, al igual que hizo la famosa saga de J. K. Rowling, Minecraft ha conseguido que niños que no habían leído nada desde la cartilla Palau devoren libros sobre ese fantástico mundo hecho exclusivamente con cubitos. 
Como vemos, tenemos que asumir que los videojuegos forman parte ya de la cultura popular y que cada vez más copan nuestro tiempo de ocio ganando terreno al cine, la televisión y cómo no, a la lectura. Pero no creo que haya de qué preocuparse, siempre será igual de placentero salvar la galaxia tumbando al último boss que leer Los Pilares de La Tierra. Lo único que va a cambiar es que, además de disfrutar leyendo nuestro libro favorito, podremos deleitarnos jugándolo también.