miércoles, 6 de julio de 2016

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¿Por qué es un genio Cervantes?, por Laura Lopera Rodríguez

¿Qué aporta este español del S. XVI, humilde y lleno de debilidades humanas, a intelectuales, filólogos y artistas de todos los tiempos? Varias veces he intentado contestar en estos días de fastos y conmemoraciones a esta pregunta, ante actuales lectores esforzados, que de manera heroica, han logrado terminar tan ardua y compleja obra y que, concluida la hazaña, no logran atisbar su grandeza. La respuesta, para una filóloga como yo, es bien sencilla: Cervantes es un genio, porque escribió El Quijote, la primera y mejor novela de todos los tiempos.
Intentaré explicar claramente por qué es la primera. Y, para ello, pongamos el foco en su protagonista, el celebérrimo Alonso Quijano. Y partamos de una evidencia: para Cervantes, Quijano no está loco (¿conocen a algún loco que recobre la salud mental así sin más, un buen día, sin tratamiento alguno?); Quijano (o Quijada, o Quesada) es simplemente el prototipo de lector de su tiempo, de cualquier lector que no haya leído El Quijote. Observemos estas dos portadas y juguemos a observar las diferencias:
¿No ven divergencias sustanciales? Yo tampoco. Pero, para un lector actual, la diferencia fundamental está clara: la primera introduce la vida de Gonzalo Fernández de Córdoba y nos sitúa ante una verdad histórica; la segunda, presenta a Amadis de Gaula y nos invita al juego ficcional de la literatura. Pues bien, esta evidencia moderna no era tal para los contemporáneos de Cervantes, que entendían ambas obras en el mismo plano de realidad (1). El espacio ficcional de le novela, el juego por el cual nos creemos una historia mientras la leemos y la separamos de lo real cuando cerramos el libro, aún no había sido creado.
En este sentido es, pues, Alonso Quijano, un lector más de su mundo. Sus únicos pecados fueron el exceso y la acción consecuente. El exceso de lecturas, de malas lecturas. Y la acción consecuente de no conformarse con las ideas de sus libros, que para él tenían tal fuerza que lo empujaban inexorablemente a la acción. Don Quijote es así, entre otras miles de cosas, una parodia del lector antiguo, de todo lector anterior a la obra que él protagoniza. Y esta parodia reivindica ya un nuevo lector, el que requiere un inédito espacio literario (el de la novela moderna), como también lo harán otros muchos elementos de la obra: el juego de narradores/autores del que se sirve Cervantes, los famosos lapsus o errores de la historia, las imprecisiones, las alusiones y recreaciones de todos los géneros narrativos de su época… Todo apunta a un único objetivo: la creación de un nuevo territorio, el de la novela moderna, que, como todo en nuestra era, surgirá de las incertidumbres y dudas del lector, de la ausencia de verdades absolutas y de certezas. Pero lo mejor de todo es que esa duda deja pronto de tener importancia, porque la historia ya nos ha atrapado y no nos preguntamos quién la cuenta y si es real o no; solo nos interesan el qué y el cómo. Y esto, y no otra cosa, es lo que hoy entendemos por novela.
A pesar de que hoy, en 2016, ya todos -o casi todos- hayamos entendido qué es una novela, si el bueno de don Miguel levantara la cabeza, convertido en una especie de agente del Ministerio del Tiempo, seguiría viendo a Alonso Quijano, por aquí y por allá. Nuestros libros de caballerías los escriben los guionistas de Hollywood, con mejor o peor fortuna, y todos nos lo creemos en menor o mayor medida, cortando nuestros deseos y aspiraciones de acuerdo con los patrones de la gran “fábrica de sueños”. Podemos, incluso, sobrepasar ciertos límites considerados razonables…

Y, como Alonso Quijano, y todos los lectores de su época, también tenemos hoy nuestros problemas para discernir con claridad qué es realidad o no. De modo que a las imágenes de las películas  les otorgamos en nuestro imaginario colectivo la misma categoría de realidad que a las que aparecen en los telediarios.
Y así vivimos, como los lectores de la época de Cervantes, adormecidos en un territorio donde las ideas no tienen la fuerza necesaria para convertirse en motor de nuestros actos, donde es más cómodo y sencillo creer y no creer al mismo tiempo.
¿Quién sería hoy el protagonista de El Quijote si Cervantes tuviera que novelar nuestro mundo? Pues cualquiera de nosotros que cometiera los dos únicos “pecados” del hidalgo manchego: el exceso y la acción consecuente. El exceso lo compartimos todos: películas, televisión, telediarios, prensa…, la sobrecarga mediática a la que estamos expuestos es más que evidente. Pero no todos somos capaces de la heroicidad, de la acción consecuente del “loco”. Me gusta pensar que Alonso Quijano vive tras todo aquel que, después de ver el telediario, se lo cree enterito, y no se conforma, y decide que lo que ha visto exige su acción inmediata. Entonces sale al mundo, guarecido solo por una armadura vieja y a lomos de un famélico caballo, a defender, aun a riesgo del ridículo, la causa de los más débiles en pos de la justicia: los hambrientos, los encarcelados, los humildes, los desterrados.
Y ahí late don Miguel, que escribió no solo la primera, sino la mejor de la novelas, aquella capaz de contener y explicar todos los seres humanos y mundos posibles, pretéritos, presentes y futuros. ¿Es o no un genio Cervantes?

(1) Pensemos, por ejemplo en Lazarillo de Tormes, cuya anonimia se debe, principalmente  a que su autor pretendía que fuera leído como una auténtica autobiografía y sabía que no le sería difícil conseguirlo. Lo difícil habría sido que lo entendieran firmado por otro.