viernes, 1 de julio de 2016

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La vida, la muerte y la fama, por Rafi Jiménez

Defendía Jorge Manrique que solo la fama puede vencer a la muerte. Quizá haya sido esto lo que ha ocurrido con la figura de Cervantes. Su desafortunada vida, llena de contrariedades y penurias, se ha visto recompensada por su prolongada fama después de la muerte.
Claro está que el pobre hombre no pudo disfrutar con propiedad de los placeres de la vida y que quizá él preferiría haber vivido una existencia más amena, como su coetáneo Lope de Vega, que supo disfrutar de la vida y de las mujeres hasta el hartazgo (al final se ordenó sacerdote, hastiado ya quizá del hedonismo y superficialidad de los amores fáciles). Pero, claro, quién no se rendiría ante el Fénix de los ingenios o, como el propio Cervantes lo llamó, Monstruo de la Naturaleza.
Pues eso, que Cervantes debería visitarnos en la actualidad y poder disfrutar de la gloria que en su época se le negó. También es verdad que no está muy claro si esta España anticultural en la que andamos inmersos sabría homenajearlo como se merece.  Aunque teniendo en cuenta que podemos definir El Quijote como “un libro externamente cómico e íntimamente triste, un retrato de unos ideales admirables burlescamente enfrentados a la mísera realidad”, quizá Cervantes no se encontraría en un terreno desconocido del todo.
Por otra parte, a Shakespeare, también coetáneo, aunque por otros lares, no se le reconoció su obra hasta el siglo XIX, cuando Víctor Hugo escribió desde el destierro: “Shakespeare no tiene el monumento que Inglaterra le debe”. Incluso se difundió después la maligna sospecha de que las grandes obras de Shakespeare no habían sido escritas por él; y se teorizó con distintos nombres: Francis Bacon, Cristopher Marlowe (se creó incluso la leyenda de que no había muerto a los veintinueve años en una pelea de taberna sino que logró huir al extranjero y, ¡desde allí enviaba sus escritos a Shakespeare!), e incluso la misma reina Isabel I. Afortunadamente, con el paso de los años se han ido desmontando estos castillos de naipes que estaban más cerca del espectáculo morboso que de los datos históricos.
El Inca Garcilaso, por su parte, esconde una biografía digna de un cuento. Hijo de un conquistador español y de una princesa inca, Garcilaso supo conciliar sus dos herencias culturales, y ha sido reconocido por algunos críticos por su gran dominio y manejo del idioma castellano. Sin embargo, también pasó por avatares diversos. Su padre fue obligado por la Corona a abandonar a la princesa inca (su madre) y casarse con una noble castellana. A los veintiún años de edad, después de la muerte de su padre, dejó Cuzco y a punto estuvo de naufragar y morir, pero un marinero portugués lo salvó (no era su hora; tendría que esperar a Cervantes y Shakespeare…). A lo largo de toda su vida tuvo que sufrir, además, la discriminación por su carácter mestizo.
Aún así, después de sus sinsabores, los seguimos y los seguirán recordando hasta el fin de los días. El 23 de abril de 2016 se han cumplido cuatrocientos años de sus muertes.
Y que se fueran los tres el mismo día…
Casualidades de la vida; y de la muerte; y de la fama…