lunes, 25 de enero de 2016

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Otra vez la memoria histórica, por Carlos Alberto Prieto Velasco

Supongo que el nombre de la ciudad de Oświęcim no dirá mucho al lector. Sin embargo, su traducción alemana, Auschwitz, no necesita mucha explicación. Diferentes palabras, diferentes significados. El nombre polaco evoca una tranquila ciudad de unos 40000 habitantes, volcada en el turismo. El nombre alemán es sinónimo de atrocidad, crueldad y genocidio. El simple hecho de usar diferentes lenguas para referirse al mismo concepto alude a diferentes maneras de recordar un hecho y puede servir como ejemplo de la compleja relación entre memoria e historia, olvido e identidad. Como español, cuando se visita un país como Polonia sorprende el enorme esfuerzo dedicado a elaborar un relato coherente sobre su identidad nacional y su historia más reciente. Polonia ha pasado en menos de 100 años por una Historia traumática: guerra y Holocausto, millones de muertos, amputación de su legado judío, cambio radical de fronteras, transición comunismo-capitalismo, expulsión de minorías; es un compendio de horrores y dificultades. Y todo ello se ha conseguido integrar en un discurso consensuado y coherente con su historia anterior.
Según el neurólogo Nolasc Acarín, la memoria es un producto mental de cada cerebro individual. Memoria es conservar, almacenar y poder evocar lo aprendido. Así pues, parece un fenómeno estrictamente individual e intransferible; ligado a la experiencia personal y vinculado a la creación (o pérdida) de la identidad. Además, desde mucho antes, Émile Durkheim argumentaba la preeminencia de la memoria colectiva en la formación de la memoria de los individuos. Es decir, que nuestro aprendizaje, almacenamiento de información y recuerdo son personales pero están moldeados y condicionados por cómo los demás miran, interpretan y cuentan los hechos de nuestro pasado.
Es por ello que un proceso de recuperación de la memoria histórica es producto de una cierta contraposición de memoria individual o fisiológica, pero condicionado por el discurso colectivo o social. Esta relación tensa entre individualidad / colectividad hace de la memoria histórica un proceso complejo. Así, el investigador italiano Alessandro Portelli habla de diferentes “capas” de la memoria colectiva y, como ejemplo, la masacre de partisanos italianos llevada a cabo por el ejército alemán en Civitella en junio de 1944. Para el relato comúnmente aceptado, los alemanes cometieron un acto vil de asesinato de heroicos miembros de la resistencia. Por ello, Civitella fue condecorada con la medalla de oro al valor civil por su resistencia al fascismo. Paradójicamente, en la misma ciudad el recuerdo es diferente. Se culpa a los partisanos de atacar a los invasores inútilmente cuando la guerra estaba terminando, provocando la reacción de los alemanes y su ensañamiento con los habitantes de la ciudad. Mismo hecho, diferente relato de lo sucedido. Eric Hobsbwan fue más allá y lo llamó la “invención de la tradición”, esto es, desconfiaba del proceso liberal-burgués de creación de naciones del siglo XIX. Siguiendo a Hobsbawn, la memoria histórica corre el riesgo de convertirse en un discurso de pensamiento único, moldeado desde el poder vigente en ese momento y, por tanto, sesgado.
Para evitar este sesgo, que haría que realmente la memoria no fuese aceptada por la sociedad, no es solamente suficiente contar con leyes nacionales o autonómicas. El relato común debe construirse con un consenso social sobre qué recordar, cuánto se debe olvidar y cómo dignificar la memoria. Las leyes son un primer paso, no una culminación. 
Dado que en un fenómeno de confrontación social y conflicto militar es inevitable que existan víctimas y verdugos, creo que las leyes de memoria histórica deben cumplir dos funciones principales: primero, a corto plazo; reconocer, dignificar y reparar, ya sea moralmente, a las víctimas. Esto podrá levantar ampollas todavía, pero es de justicia hacerlo. A largo plazo y más allá de la justa reparación, la memoria histórica debería integrar también otras “capas” de memoria. Después de las leyes sobre Guerra Civil y Dictadura, me planteo cómo vamos a elaborar una memoria colectiva y contar la Transición, el terrorismo de ETA y el papel de los actores implicados, el terrorismo de Estado, los asesinatos de tantas mujeres o la participación de España en guerras y conflictos armados.
Un relato coherente de esta nuestra historia reciente, una memoria histórica de nuestra generación deberían ser las bases para el ideal nacional de los próximos cuarenta o cincuenta años. La duda es si los españoles podemos dejar nuestro cainismo ancestral y construir una visión global de consenso y de síntesis.