viernes, 11 de diciembre de 2015

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¿Guerra contra el ISIS?, por Cipión

Berganza, querido, ¿crees realmente que aumentando los bombardeos sobre las regiones de Siria e Irak que controla el Estado Islámico se va a terminar con la amenaza terrorista? Incluso incrementando la escalada bélica y realizando una invasión terrestre, ejemplos tenemos en Afganistán o Irak, ¿acaso serviría de mucho?
Cada bomba que se lanza significa varias decenas o cientos de nuevos y convencidos fanáticos islamistas dispuestos a inmolarse frente a una multitud de occidentales o a rebanar el pescuezo de quien no profese su religión de la manera obtusa e intolerante en que ellos lo hacen. Cada contingente militar occidental que se manda a aquellas tierras supone, además de un goteo de soldados muertos y heridos que no siempre las sociedades de sus países están dispuestas a tolerar (recuerda Vietnam, como en la letra de aquella canción de los granadinos 091), un gasto económico descomunal que añadir en forma de más recortes a sanidad, educación, prestaciones sociales… y convertir aquellos estados del bienestar en meros gestores de políticas armamentísticas. Sacrificios estos que, a día de hoy, muchos ciudadanos europeos y norteamericanos estarían dispuestos a realizar si sirvieran para terminar con el terror yihadista. Y observa, Berganza, que he usado el modo condicional, porque creo que poco ayudarían esos esfuerzos.
Mira para qué han servido las invasiones de Afganistán o Irak. En ningún caso para terminar con los integristas, tan sólo para mantenerlos escondidos y a raya, multiplicándose, mientras las tropas estadounidenses han estado allí. Y en cuanto han vuelto a su país, sólo han quedado el caos, la anarquía y el caldo de cultivo para el crecimiento de grupúsculos como ISIS. Pan para hoy y hambre para mañana.
Para mí la solución pasa por otras medidas más relacionadas con la solidaridad, la educación y la tolerancia. Solidaridad, sobre todo, con aquellos países, porque ciudadanos que no pasan hambre, que tienen una calidad de vida y una sociedad más desarrollada, no suelen convertirse en fanáticos. Al contrario, se aburguesan, se acomodan, se hacen conservadores de su propio bienestar. Y educación y tolerancia, principalmente, en nuestros estados occidentales.
Sí, cánido amigo, porque la inmensa mayoría de los terroristas que se inmolan y atentan en nombre de “ese” Islam en nuestra civilizada y culta Europa son ciudadanos europeos, nacidos dentro de nuestras fronteras Schengen sin aduanas ni aranceles, criados en nuestros guetos, nada integrados en nuestras sociedades, desarraigados de los países de origen de sus padres o abuelos, hastiados, apátridas de corazón, carne fresca para vendedores de paraísos y salvaciones eternas.
Y la forma de desmontarlos es con formación, con integración, con más educación y tolerancia para ellos, pero también para nosotros, para que nos aceptemos y no nos sintamos diferentes sino parte de una Europa multicultural, plurirreligiosa, en la que todos seamos iguales de verdad y no sólo en los papeles amarillentos de constituciones y declaraciones grandilocuentes. Una Europa que, por un lado, llora a sus muertos y se indigna por ellos, mientras por otro vende armas y financia a quienes entrenan y forman como yihadistas a sus ciudadanos “de segunda”, aquellos a los que arrinconamos en guetos y queremos para los trabajos que a nosotros no nos gustan, dóciles y sumisos.
Las bombas y las balas, Berganza, no me parecen solución de nada en este conflicto. Una forma de descargar la rabia y la indignación de hoy, sí, de desahogarse, que lo único que traerá es más terror y sangre para mañana.