viernes, 11 de septiembre de 2015

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Elogio de la infelicidad, por Ofelia Ara

Quiso el azar que el fallo del Premio Princesa de Asturias de la Comunicación y Humanidades 2015 me pillara leyendo a su galardonado. Quienes hayan escuchado sus declaraciones posteriores recordarán el énfasis que Emilio Lledó hizo sobre el aprendizaje humanístico como un paso previo al aprendizaje científico, siendo necesario aquel para aprender del mundo que nos rodea y comprenderlo. Y el principio de la cultura occidental está en los filósofos griegos que, aun siendo herederos del pensamiento de otras culturas, catalizaron este pensamiento y crearon una teoría del mundo que llega a nuestros días.
Elogio de la infelicidad es una colección de seis ensayos sobre el hombre tomando como ayuda textos desde La Ilíada hasta los filósofos Platón y Aristóteles. En qué momento tomamos conciencia de lo que somos como humanos, sobre nuestra libertad, la amistad, la educación. El estímulo que nos lleva a alcanzar otras metas es la falta de sosiego interior y exterior, y esto nos hace infelices. Esta idea, la de la infelicidad, que desarrolla Emilio Lledó en el primer ensayo, es el motor del resto del libro.
Es un tema recurrente en la sociedad actual, el nivel de información que teóricamente se puede alcanzar y el nivel de conocimiento que realmente se obtiene. Y ante el exceso que llega y lo poco que aprovechamos, no hay que olvidar que el primer conocimiento que se debe tener es el “reconocimiento” de uno mismo. Ya en La Ilíada el hombre comenzó a ser consciente de su vida; el hombre es memoria y debe mirar a los orígenes. Y allí fue tomando cuerpo el principio de “conócete a ti mismo”, siglos antes del descubrimiento platónico. Sin embargo, nuestra existencia es inestable, como cantaba el poeta Píndaro:
“Seres de un día, ¿quién es uno?..., sueño de una sombra el hombre”.
Hamlet planteó la misma zozobra muchos siglos después.
No solo una vez que tomamos conciencia de nosotros mismos, sino simultáneamente, encontramos el lenguaje, que es el que nos separa de los animales. Otros animales tienen lenguaje, pues existen diferentes formas de comunicación, pero nuestro lenguaje debe entenderse como aquello que sirve de puente por el que circula la humanidad y con el que los griegos configuraron el espacio teórico de lo que se llama cultura occidental al poner a la luz la racionalidad que se oculta en él. Y en relación a esta racionalidad, dice Lledó que la cultura de los atenienses se distinguió de otros pueblos de su entorno por la ausencia de un libro sagrado, de palabras que se pudieran convertir en dogma. Esto, como bien sabemos, no lo hemos heredado pero quizá debería hacernos pensar.
He dicho al principio que el azar quiso que estuviera leyendo Elogio de la infelicidad al tiempo del premio otorgado, pero hubo otra coincidencia más interesante y que sigue siendo muy actual. Y es la idea de que la expresión suprema de la comunicación y la inteligencia sea la creación de la política. Esto en momento de elecciones. En unos tiempos de decepción en los que estamos, aunque también se atisban momentos de regeneración, no está mal volver la vista a lo que los filósofos clásicos como Platón y Aristóteles pensaban sobre este “sublime” arte. Aristóteles definió al hombre como un animal político, lo que quiere decir que tiende a vivir en comunidad. Así mismo pensaba que el político es el que elige obrar noble y generosamente, sin abrazar la vida por dinero y codicia. Ya se nos pueden empezar a saltar las lágrimas. Y seguimos. Para Platón el enemigo de toda política como empresa colectiva es la corrupción. Lo que define a la política es la areté, la virtud, entendida como el hábito de obrar bien. Y lo que fue revolucionario en ellos fue la idea de que la virtud no se alcanza  por nacimiento, no se hereda. Es una auténtica revolución moral e intelectual, pues indica que se puede aprender y enseñar, que está en manos de todos tenerla.
Dicho esto, el siguiente punto al que llegamos mediante el racionalismo y la areté es a la democracia. El poder elegir es el fundamento de la existencia y el principio esencial de la cultura democrática. Elegimos porque reflexionamos. Y para poder elegir inventaron los griegos el único instrumento que lo hace posible: la educación. Lledó nos dice que un pensamiento sometido desde la infancia a un proceso de adiestramiento bloquea la imaginación, la creatividad y, en consecuencia, la humanidad. Las fórmulas religiosas, políticas, sociales, así como el lenguaje administrado por el poder, dificultan la necesaria libertad. Tomamos nota. La famosa frase “el hombre es un lobo para el hombre” la dicen quienes pretenden mantenernos aterrorizados para domesticarnos con su doctrina y, a la vez, cultivar nuestra última e innata ferocidad e irracionalidad.
¿Es el azar el que me llevó a leer a Emilio Lledó o es que en el fondo sentimos que somos herederos de esta cultura, somos los que circulamos por ese puente del lenguaje y la memoria junto con el resto de la humanidad? Termina Emilio Lledó diciendo que la filosofía es esa tendencia innata a los hombres por descubrir el mundo en que se encuentran y descubrirse a sí mismos como microcosmos. Y yo, como siempre, gracias a libros como éste, termino reconciliándome con el mundo que me rodea. Gracias Lledó y enhorabuena por el premio.

Emilio LLedó.
“Elogio de la infelicidad”
Cuatro. Ediciones.