sábado, 14 de marzo de 2015

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Tristes trópicos, por Ofelia Ara

Con veintisiete años, un belga licenciado en Derecho decide irse a Brasil a hacer una investigación etnográfica, como una elección vital radical que le ayude a poner en cuestión el sistema donde ha nacido y en el que ha crecido. El joven intrépido afronta la aventura como un viaje iniciático y de aprendizaje sobre sí mismo y sobre la civilización occidental a la que pertenece. Sabe que la gran civilización occidental ha creado maravillas a su alrededor pero no lo ha hecho sin su contrapartida.
El resultado de ese trabajo de campo es este libro que se lee perfectamente como un apasionante libro de viajes. Lévi-Strauss se ve a sí mismo como heredero de los pasados viajeros que daban sentido a su ansia de aventura y, a su vez, conseguían financiación, al anotar detalladamente cuanto iba encontrando en sus viajes. Él mismo está ante la alternativa de tomar el papel de antiguo viajero al que todo sorprende e incluso repugna en tanto que lo que ve difiere de sus enseñanzas morales, o tomar el papel de viajero moderno que va tras los vestigios de una realidad desaparecida. Obviamente su papel es el segundo pues, como dice Chateaubriand, cada hombre lleva en sí un mundo compuesto por todo aquello que ha visto y ha amado. Por tanto, el viajero es inevitablemente hijo de su tiempo.
A lo largo del libro Lévi-Strauss hace una descripción detallada del ecosistema en el que está. La naturaleza en América es brutal. Uno se desconcierta frente a paisajes que no entran en las categorías europeas pues aun los paisajes más salvajes de Europa presentan un orden que Lévi-Strauss cree que es el resultado de un acuerdo buscado en la colaboración entre aquellos y el hombre. En América la visión de la naturaleza debe conmovernos en lo más íntimo. Esta naturaleza es implacable, causante de enfermedades a los viajeros como paludismo o malaria. Sufren el ataque de insectos inimaginables como enjambres de garrapatas o aquellos que sin dolor se instalan debajo de la piel y hay que sacarlos cortando con el cuchillo. El aire de la selva es terriblemente denso; la luz del sol llega debilitada y la voz no tiene alcance.
Por otra parte describe las tribus indígenas con las que va viviendo. Sus costumbres, su concepción del mundo, el valor del intercambio en una sociedad de poquísimos miembros (las tribus oscilan entre diez o quince personas y treinta). Su maravillosa relación con la naturaleza, las jerarquías y la búsqueda humana del prestigio, las propias relaciones del poder, donde el consentimiento es a la vez su origen y su límite. Cómo encaran la muerte. Algunas sociedades se comen a sus muertos; otras los entierran, como nosotros, lo que explica diciendo que todo ocurre como si se hubiera firmado un contrato: a cambio de un culto razonable que se les dedica, los muertos se quedan en su sitio. Él dice que fue hasta el extremo del mundo en busca de lo que Rousseau llamó “los progresos casi insensibles de los comienzos”, al encuentro del origen de la civilización. Desde el punto de vista de la ciencia antropológica puede que no esté siempre acertado pero es una delicia leer no solo la descripción de lo que ve sino, sobre todo, las interpretaciones filosóficas y vitales que hace de ese mundo primitivo y su reflejo en el nuestro. No en vano Lévi-Strauss es conocido ante todo como filósofo.
Pese a que en ocasiones está escrito en un tono humorístico, todo el libro está impregnado por un espíritu de tristeza ante la visión de la pérdida de la particularidad e idiosincrasia de los pueblos. Este libro se publicó en 1955 aun cuando el viaje lo realizó entre 1935 y 1939 y ya nos habla de la globalización en sus efectos más devastadores: la civilización ya no es la flor frágil a preservar. La humanidad se instala en el monocultivo, se dispone a producir una sola civilización en masa. Sin embargo, pese a que en ocasiones nos podemos atormentar con la homogeneización de la cultura, entendida en su amplio espectro, es decir, ese todo complejo que incluye el conocimiento, creencias, arte, costumbres, etc., que tiene el hombre como miembro de la sociedad, no debemos olvidar que el mundo comenzó sin el hombre y terminará sin él.

“Tristes trópicos”. Claude Lévi- Strauss. Editorial Austral
Traducción (muy destacable) de Noelia Bastard.