lunes, 3 de febrero de 2014

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Kazoku, por Diego Luque

Después de muchos días de ir de un lado para otro, tocó un día de descanso. O, mejor dicho, un día de descanso para mi amiga Yuri, que se encargó de enseñarme todo lo que pudo mientras estuve allí. Para mí ese día fue una gran aventura, al igual que todos los demás.
Salimos en coche por la mañana y yo, como de costumbre, no sabía adónde íbamos, ni qué íbamos a hacer. Resultó que nos dirigíamos a la casa de los abuelos de mi amiga. Y no solo eso, sino que además iban a ir unos cuantos familiares porque querían conocerme. Nada más saber esto, los nervios se apoderaron de mí, puesto que siempre me andaba con cuidado para no resultar descortés ni faltarle el respeto a nadie sin darme cuenta.
La casa estaba algo escondida: en un pequeño barrio residencial lleno de miles de casitas. Tuvimos que callejear por algunas calles muy angostas y pasar por delante de pequeños arrozales inundados que aprovechaban el espacio que quedaba entre las distintas viviendas. Pocos minutos más tarde, nos hallábamos ante una espléndida casa japonesa tradicional de las que siempre se ven en las películas de geishas y samuráis. La entrada, donde tuvimos que descalzarnos, era enorme. Allí fue donde nos recibieron. Después pasamos a dos habitaciones con suelo de tatami, separadas por puertas correderas o fusuma, en japonés. Una de ellas estaba completamente vacía, con un armario empotrado, y la otra tenía una mesa baja, una televisión y algunos muebles más. En esta última había también otra puerta que daba a un pequeño jardincito en el que cultivaban algunas hortalizas.
Después de la calurosísima bienvenida y de conocer a sus abuelos y otros familiares, nos fuimos todos a la habitación de la televisión y nos sentamos sobre el tatami. Todos los familiares se mostraron muy curiosos y me preguntaron amablemente sobre qué me gustaba más de Japón, sobre lugares y comidas, y, por supuesto, sobre España. También me hicieron muchos regalos, y una de las tías, con toda la paciencia del mundo, estuvo un buen rato intentando enseñarme a hacer origami (papiroflexia). 
Por la tarde la cosa se calmó un poco, puesto que nos quedamos solamente mi amiga, sus abuelos, un primito suyo y yo. Pasamos allí la tarde relajados y sin hacer mucho: viendo la televisión, ayudando a la abuela a hacer la compra y a preparar la cena más tarde, hablando sobre diversos asuntos, jugando a la consola, etc. Me costaba mucho entender al abuelo cuando hablaba, tanto por su dialecto de Kansai como por su forma de hablar, pero me contaba cosas muy interesantes del pasado, de cómo era Japón antes y de todo lo que había cambiado en tan poco tiempo. También acabé dibujándole algunos Pokémon al primito pequeño, que estaba encantado con mis garabatos, y que no dejaba de pedirme dibujos.
Así pasamos el día entero, hasta que ya entrada la noche nos volvimos a casa. Y para mí, ese fue un día increíble en el que pude experimentar la calidez de una familia japonesa que me acogió como si fuese un miembro más. Sentí que formaba parte de la familia o, en japonés, kazoku.

3 comentarios perrunos:

Anónimo dijo...

Me resulta mu y interesante pero no como para ocupar la primera plana de una revista de tal prestigio

Anónimo dijo...

¿Y esto que tiene de interesante? Una revista de este prestigio no puede permitirse esto

Anónimo dijo...

Pues a mi me gusta, un chaval joven atrevido y valiente que va a conocer Japón , su idioma ,costumbres y a sus gentes, ya me gustaria a mi ser capaz de algo así