martes, 24 de septiembre de 2013

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Roth y los prejuicios, por Manuel Palacios

El escritor galardonado  con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en su edición de 2012, el autor norteamericano de origen judío Philip Roth, ante la imposibilidad de acudir personalmente a la ceremonia de entrega de premios debido a una reciente operación de espalda, hizo pública una carta en la que, además de disculpar su ausencia y agradecer el galardón, se mostraba sorprendido por el hecho de que un novelista norteamericano fuese reconocido en España. Estas fueron algunas de sus palabras: “Soy un escritor estadounidense. La historia de los Estados Unidos, las vidas estadounidenses, la sociedad estadounidense, los lugares estadounidenses, los dilemas estadounidenses...constituyen mi temática... Si me detengo a pensar en mi público, el público en el que pienso es un público estadounidense. ...Me ha dejado realmente sorprendido enterarme de que el público español también se haya fijado en mí... ¿Qué pueden significar mis historias estadounidenses para los lectores españoles? ¿Cómo puede mi retrato de la vida de los estadounidenses en novelas mías... competir con la representación estereotipada, excesivamente simplificada de los Estados Unidos que nubla la percepción de mi país en casi todas partes? ¿Puede una obra de ficción estadounidense... penetrar en una mitología de los Estados Unidos que está arraigada, en tantos ámbitos, en una acérrima animadversión política?”.
El mensaje de Roth me planteó dos cuestiones: 1-¿Por qué me gusta Roth, si yo no soy norteamericano?, y 2- ¿existe de verdad esa mitología, esos prejuicios hacia Estados Unidos que lamenta el escritor? La primera pregunta tiene fácil respuesta: me gusta Roth porque, por ejemplo, la resignación dolorosa ante el deterioro físico en la vejez del protagonista de Elegía no es exclusiva del público estadounidense, es simplemente humana; me gusta Roth porque la fuerza de superviviente de Herman Roth, padre del escritor, en la autobiográfica Patrimonio. Una Historia Verdadera es la misma fuerza vital que le he visto a mi padre miles de veces; o me sigue gustando Roth porque, aunque parezca increíble, una familia judía de Newark, como la descrita en La Conjura contra América, puede tener muchas cosas en común con una familia humilde de un pueblo andaluz. En definitiva, los lugares, los orígenes, la ambientación, la pertenencia a un determinado grupo religioso o étnico, la nacionalidad o la educación podrán variar, pero eso que llamamos pasiones humanas iguala a todos los bichitos del Señor que viven bajo el Sol.
Todo esto, que no son más que obviedades, y que por supuesto conoce perfectamente un tío tan inteligente como Roth, nos lleva a la segunda cuestión. Si Roth ya sabe que las historias están por encima de las fronteras, ¿por qué se asombra de encontrar reconocimiento en España? ¿Puede, efectivamente, esa “representación estereotipada y simplificada de los Estados Unidos” nublar nuestra percepción hasta el punto de no valorar en su justa medida la obra de alguien? ¿Existe esa “representación estereotipada” y esa “acérrima animadversión política” hacia Estados Unidos que señala? Posiblemente los temores de Roth sean fundados; con frecuencia, desde Europa en general y desde España en particular, simplificamos en exceso la imagen de un país que, no debiéramos olvidar, tiene dimensión continental. Aunque sólo sea por este motivo, por su tamaño,  es estúpido creer que en Estados Unidos existe un pensamiento único; y más estúpido todavía  identificar ese supuesto pensamiento único con la, en ocasiones controvertida, política exterior de la administración gobernante de turno.
Los prejuicios, los estereotipos, los apriorismos, tan perniciosos siempre, impiden que tengamos un acercamiento crítico a la realidad, despojan al ser humano de individualidad, y lo convierten en una etiqueta, sólo en eso, en una etiqueta a la que tras pasarle fulgurantemente el lector del código de barras ya no es necesario escuchar con las orejas alertas o contemplar con los ojos despiertos de las primeras veces.  Su etiqueta funciona como una perfecta ahorradora de tiempo y  nos proporciona, sin esfuerzo, toda la información que necesitamos. Americano: imperialista, comedor de basura, amante de las armas. Judío: avaro, usurero, conspirador. Andaluz: flojo, subvencionado, analfabeto.
Da  igual que el cliché sea negativo o positivo, universal o local, que esté relacionado con la religión, la raza, el sexo o la nacionalidad, o que se produzca en el ámbito más humilde de  nuestras propias relaciones personales de todos los días. Pensemos, por ejemplo, con qué facilidad clasificamos a las personas dentro de cualquier grupo humano (el trabajador, el gracioso, el tímido, el pelota, la salida…), y cuán difícil es sacudirse ese corsé y poder tener a los ojos de los demás un comportamiento diferenciado al oficialmente atribuido a tu etiqueta. Por si fuera poco, se retroalimentan, son bidireccionales, los prejuicios provocan prejuicios. La sorpresa de Roth ante la concesión del premio presuponiendo que en el resto del mundo existe una determinada concepción de su país es un claro ejemplo de ello. Es el prejuicio que provoca otro prejuicio. Lo que no deja de ser curioso en un verso libre como Roth, tachado de antisemita entre los judíos y de “demasiado judío” como para recibir el premio Nobel fuera de su comunidad.
En fin, que en esas estamos. Entre lo que yo creo que tú piensas de mí y lo que tú crees que yo pienso de ti, no encontramos un ratito para conocernos.