martes, 17 de septiembre de 2013

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La partícula divina, por Mª Jesús Jiménez Varo

 
LA PARTÍCULA DIVINA. Si el universo es la respuesta, ¿cuál es la pregunta?
No hace mucho que se encontraba en cualquier medio de comunicación (radio, televisión, prensa, revistas, etc.) alguna referencia a que los físicos habían encontrado por fin la llamada “partícula divina” o “partícula de Dios”, o concretamente, el bosón de Higgs. Se decía de ella que era la última pieza que faltaba para poder explicar el origen mismo de la formación de materia y que con ella se conseguía la armonía, la belleza y la simplicidad de las ecuaciones que rigen la naturaleza. Fue entonces cuando mi incansable curiosidad no dejó de azuzarme para que indagara en el tema.
Y buscando por internet encontré este libro, que desde la primera página me cautivó. Su autor, Leon Lederman, Premio Nobel de Física en 1988 junto con Melvin Schwartz y Jack Steinberger por sus trabajos sobre los neutrinos, hace comprensibles aspectos complejos de la Física de Partículas para cualquier persona que no tenga nociones de ella; y no solo eso: este libro es divertido. Sí, sí. ¡Divertidísimo! Porque está cargado de un humor burlesco que hace que te rías de la Iglesia, de Reagan, del resto de científicos,…   
Las 614 páginas que lo componen están divididas en nueve capítulos, de los cuales los cinco primeros son fascinantes. En ellos se ofrece una maravillosa panorámica de la Física, hilada muy coherentemente, de tal modo que se percibe una continuidad y un entrelazamiento entre la Mecánica, la Óptica, la Astronomía, la Electricidad, el Magnetismo y las nuevas teorías de partículas. En ese recorrido se van describiendo además las vidas de los científicos más relevantes en cada una de las áreas de conocimiento mencionadas anteriormente (había aspectos que no conocía de algunos de ellos, como el mal carácter del Sr. Newton y del que el autor se ríe en varias ocasiones), todo ello aliñado con un poco de humor irónico y varios detalles anecdóticos.
Me gustaría destacar especialmente la parte en la que, entre sueños, Leon sale en bicicleta y de madrugada de su casa en dirección al Fermilab para hacer unos ajustes en su experimento (porque como comenta, están los físicos teóricos, que se pueden permitir desconectar cuando terminan su jornada laboral sin haber realizado un gran esfuerzo, y los físicos experimentales como él, que no descansan nunca, pues cuando el día termina, durante la noche repasan mentalmente una y otra vez el diseño, los resultados obtenidos o los no obtenidos,… Todos ellos son arrogantes mutantes de seres humanos y sin el sentido de la vergüenza que no quedaban satisfechos con disfrutar de las magnificencias del universo, sino que se preguntaban ¿cómo?) cuando, de repente, se encuentra allí con los becarios y con un hombre con una túnica un tanto raro. La conversación entre este hombre mayor y él es sumamente clarificadora del concepto de átomo (o á-tomo, como él mismo diferencia) y desternillante: el resto de científicos griegos eran “fulanos” o el anciano saca de su toga un rollo de pergamino y se cuelga de la nariz unas gafas Magnavisión para leer, de las de precio reducido… Este anciano resulta ser Demócrito, quien según parece, hace viajes al futuro de vez en cuando para entrevistarse con aquellos científicos teóricos o experimentales que buscan, como él, su á-tomo. Y aquella noche la visita era para Leon. Incluso le sugirió que llamasen a la partícula divina “democritón”, en su honor… Él es el encargado de describir el avance en el concepto de átomo en la época griega.
A medida que el autor va describiendo el lento avance de la Física según el método científico y la vida y circunstancias de los científicos más destacados (incluidos sus pocos aciertos y sus frustrantes fracasos), va introduciendo conceptos teóricos claves para comprender los últimos capítulos del libro, como el significado y la aplicación de la notación científica, la expresión de la masa en MeV o qué partículas conforman el modelo estándar (el modelo que explica las partículas fundamentales que forman la materia y la no materia y las fuerzas que se dan entre ellas). Todo esto lo va haciendo siempre con un lenguaje estricto pero cotidiano, sin que en todo el volumen aparezca una sola ecuación matemática: solo datos numéricos.
Con esto se llega a los últimos capítulos donde, ya expertos que seremos en Física Cuántica, no nos resultará difícil entender las características, tipos y funcionamiento de un colisionador o acelerador de partículas o la teoría de las supercuerdas. Es más,  queda remarcada la importancia de la investigación en ciencias puras y los grandes beneficios que aporta a la larga, justificando el inmenso coste de los aceleradores de partículas.
En definitiva, si no sabe nada de Física y quiere saber cuáles son las partículas fundamentales que forman el universo, cómo se buscan y se encuentran, este es su libro: didáctico, muy ameno, profundo pero claro, con toques de humor hasta el final. A mí me encantó.

2 comentarios perrunos:

Victor dijo...


Hola.

También leí este libro en su día y coincido contigo María Jesús en su recomendación.

Aunque la verdad es que ni entonces, ni ahora, entendí qué son las masas, por qué se atraen, por qué en contra de las leyes más elementales se repelen cuando ya están cerca ni por qué las cosas tienen siempre esta misma inercia que nunca varía. Al igual que el mecanismo de acople de Higgs entre dos partículas (que nunca serán elementales) y el infinito campo de fuerzas que nos rodea sin siquiera saber que hacer dentro de él; pasarán los eones y nunca entenderé nada.

Me ha llamado la atención, que te llame la atención el carácter de Newton.

Que Newton tenía malos humos, al igual que otros genios del mal genio como Napoleón o Beethoven y que fue al menos responsable directo de 17 asesinatos es bien sabido.

Lo que no todo el mundo recuerda por banal, es que tuvo una gata.

Para evitar distracciones (ya fuera en su trabajo o bien en sus furtivas relaciones con Wickins o Fatio de Duillier) y permitir a la criaturita llevar a cabo sus funciones fisiológicas; abrió en la puerta un agujero a modo de gatera. Bien, pues la gata en cuestión se extralimitó en sus licencias biológicas con los otros felinos del barrio y transcurridos dos meses dio a luz cinco peludos gatitos.

Al bueno de Isaac, aplicando la lógica de su mundo, no se le ocurrió mejor idea que perder un día completo de trabajo abriendo en la puerta otros cinco agujeritos al lado del grande.

Sigamos buscando la lógica de las cosas, tal vez algún resquicio o absurdo agujero (por muy negro que lo vea) nos muestre la verdad de este Universo que no entiendo.

Un beso y cuídate mucho.

Víctor.

María Jesús Jiménez dijo...

Vaya Víctor, acabo de ver este comentario tuyo... Por cierto, gracias por haberlo escrito. Hay tantas cosas que entender aún, y sin embargo parece que nos queda poco para saberlo todo.
Espero que me recomiendes tú algún libro. La Física es mi tema favorito...

Cuídate tu también y seguimos en contacto