viernes, 2 de agosto de 2013

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Diccionarios, por Belisa Crepusculario

Un insólito diccionario anida en la sustancia gris de cada uno de nosotros. Este diccionario, tan íntimo como intransferible, está constituido por un catálogo virtual de palabras que han sido enriquecidas con nuevos significados, resultado de la historia de cada sujeto, y que dan lugar a referentes individualísimos.
Por ejemplo, veamos qué me aparece en Infancia. 1. f. Desayunos con el abuelo. 2.f. Lágrimas derramadas sobre el verde de Querétaro. 3.f. Arabesque nº1 de Debussy sonando en “El planeta imaginario”.
Estas -mis- acepciones, generadas al amparo de lo vivido y moduladas dulce o amargamente por la memoria, componen parte de ese vasto inventario de palabras que me habita. Sus infancias vendrán codificadas, obviamente, por otras claves bien distintas: aquella mañana de gloria en el patio del colegio (con el cromo estrella de la temporada 85-86), gélidos amaneceres en el interior de una capilla o aquella mancha carmín que auguraba el final de una glaciación; a saber. Podemos afirmar, sin temor, que cada vocablo tendrá tantos sentidos, en este diccionario de lomo de cuero, como sujetos podamos encontrar.
Otro pequeño diccionario, bien distinto, vive también en nosotros; uno más rígido, menos sentimental. Se trata de un diccionario colectivo, forjado a base de consenso,  y constituido por un hermoso racimo de palabras soberanas, que no se ven afectadas por la arbitrariedad del individuo. En dicho compendio, aparecen términos tan solemnes como justicia, honradez, solidaridad o política, y que han sido las piedras angulares donde se ha asentado la conquista de la paz social en las últimas décadas.
En los últimos tiempos los poderes públicos, estamentos e instituciones afines a los lupanares bancarios han decidido, de manera unilateral, empezar a utilizar estas honorables palabras para aludir a realidades bien distintas, ¿a qué se referirán estos sujetos cuando nos hablan de justicia, igualdad o democracia? Mediante el empleo ilegítimo de estos términos, han atravesado la barrera que vulnera los principios básicos del orden establecido. El éxito de cualquier civilización se basa en el respeto a unas normas básicas de convivencia, de forma que una vez que se establecen las pautas y se garantiza su perfecto cumplimiento, el equilibrio debiera estar asegurado. El cambio de estas reglas, sin un consenso previo por parte de todas las partes implicadas, conllevará la ruptura de la armonía existente.     
Ante la ciénaga de despojos y wertidos tan terrible que se nos presenta en el horizonte, servidora quisiera no enfangarse demasiado; únicamente sería interesante apuntar que, cuando un ministro o diputado exija a la ciudadanía empatía, civismo, responsabilidad o paciencia, convendrá recordarle que estos términos a los que se refiere, quizás también hayan cambiado y tengan una realidad bien distinta a la que pudiera recordar.
Aunque claro, ahora todo es demagogia. Son tiempos difíciles, hasta para la RAE.