viernes, 12 de abril de 2013

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Cuando Pepe pasa a ser "el del cáncer", por Alba Delgado

A lo largo de la historia, lo cotidiano ha ido cambiando leeeeeennntamente. Y en cuestión de menos de medio siglo a esta parte, la ciencia (y otras cosas) han pegado un tirón de la hostia. En mi opinión, creo que lo que se ha quedado años atrás es nuestra forma de pensar. Como esa toalla que se cae de la maleta en el aeropuerto…
Seguimos teniendo miedo a morir, por eso no nombraré a nadie culpable. Pero hay otro miedo que no sólo nos afecta a nosotros mismos. Hablo de las personas con diversidad funcional. Este contexto es muy amplio pero, en resumidas cuentas, se refiere a todos aquellos que se salen del contexto de lo que la sociedad ha marcado como persona “normal” y a los que se le ha nombrado despectivamente como “lisiados”, “tarados”, “retrasados”, “minusválidos” …
Haciendo balance de la historia se aprecia que, hace años, estas personas eran exhibidas en los circos como espectáculo de los horrores. En algunas culturas se abandonaban a su suerte nada más nacer y en otras se destinaban exclusivamente al oficio de la mendicidad (si conseguían sobrevivir). En España, las personas con acondroplasia (para que me entendáis, los que son muy pero que muy bajitos) servían a la corte. Con el paso de los años se empezó a tomar conciencia. Sin embargo, no dejaban de ser esa propaganda que se tira sin leer, por lo que en los años 60 y 70 surgió un movimiento de vida independiente bajo el lema de “Nada sobre nosotros, sin nosotros”, en el cual se reclamaba tener voz para decidir hasta dónde eran capaces de llegar.
Ahora bien, parece que somos muy liberales en ese aspecto pero aún quedan bastantes preguntas que hacernos. Si una persona en silla de ruedas entra en nuestra tienda a comprarse ropa y va acompañada, ¿a quién debemos de preguntar? ¿Es que acaso la silla de ruedas anula su capacidad de elección? ¿Una persona con síndrome de Down es un niño aunque tenga 35 años? Aquí entraría lo que se denomina profecía de autocumplimiento. Los comportamientos sociales – ya sean adecuados o inapropiados – influyen sobre la manera que tiene el individuo a la hora de mirarse al espejo. Por ejemplo, si yo pienso que mi mejor amiga es la que mejor baila, se lo acabará creyendo y, de alguna manera u otra, llegará a serlo. Si, por el contrario, pienso que es una inútil y no sirve para nada, también lo acabará sintiendo y su conducta irá en función de esa creencia.
¿Por qué si Pepe tiene cáncer ya no es Pepe, sino “el del cáncer”? Básicamente porque nos dejamos llevar por un sentimiento ordinario y estúpido llamado “pena”. Sí es cierto que al tener esa información sobre la persona en nuestra cabeza va a intervenir el miedo de un modo u otro. ¿Y si son sus últimos meses de vida? ¿Por qué debe sentirse cómo una persona extremadamente desgraciada en vez de vivir hasta el final? Puede morir en cualquier momento, como cualquiera de nosotros. O puede que no. Por suerte, la ciencia es de las cosas que más ha crecido en los últimos años. Y por mucho que sea “el del cáncer”, en su partida de nacimiento y en la de defunción pondrá Pepe. O sea, que si se tiene que ir, no se va “el del cáncer”, se va Pepe. Tu padre, tu hermano, tu amigo, tu tío, tu compañero, el cabrón de tu vecino, ese que siempre daba conciertos en plena siesta, el que te dio el primer beso, el que te quitó a la novia, ese cabronazo que vivía como quería…