martes, 5 de marzo de 2013

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Viaje a Italia (IV), por Ángel Márquez

En un nuevo amanecer y en hora temprana, como el día anterior, bajamos al sur. En esta ocasión visitamos una ciudad de gustos contrapuestos y cargada de muchos sambenitos: Nápoles. Como Pompeya, de Nápoles tenía una visión cortada de la ciudad y de sus gentes, por lo leído y oído en documentales y noticiarios. Personalmente me encanta Nápoles. Nápoles es la ciudad más española de Italia. En su italiano coexisten algunas palabras y expresiones del castellano antiguo. Poniendo los puntos sobre las íes y la vista y los pies en todas las direcciones –su circulación en un verdadero caos–, los peatones llegan a ser unos verdaderos trapecistas dando saltos y carreras mortales para salvar la vida. Se tiene la sensación que a los conductores napolitanos se les da el carnet de conducir en un circo. Son verdaderos equilibristas sorteando obstáculos, coches y peatones
Ese día me topé con una huelga de basura. Este problema endémico de Nápoles se debe a la camorra, otro lastre que lleva sobre sus espaldas. Esta  ciudad no se merece este maquillaje que le concede una fealdad irreal a este bello lugar. Si los napolitanos quieren –y consiguen– que estos puntos desaparezcan de su ciudad, en un futuro, Nápoles, junto a la Habana, serán unas de las ciudades más entrañables y bellas de la geografía humana.
A pesar de todo lo comentado anteriormente, Nápoles me gusta por su arquitectura, por sus calles, sus gentes, sus monumentos y por su arte. Una grata sorpresa de esta ciudad es su museo arqueológico; son cientos de piezas arqueológicas y esculturas griegas y romanas, procedentes de la colección Farnese, muchas de ellas, piezas que estudiábamos en bachillerato. Junto a esta piezas, miles de tablillas, frescos y mosaicos procedentes de Pompeya y Herculano. Otro bello monumento es el palacio real de Capodimonte, donde se encuentra el museo  de Capodimonte, bello por su arquitectura y por las obras de arte que contiene. Otro monumento a destacar es la pequeña capilla de Sansevero, construida en 1590 y decorada con esculturas del siglo XVIII, destacando  por su virtuosismo y belleza el Cristo velado de G. Sammartino. Continuando la lista de monumentos napolitanos  enumeraremos, su Castell Novo, su Domo, la Galería, su catedral, la plaza del Plebicito.
Para despedirse de Nápoles, de qué mejor manera que observando sus atardeceres de luces envolventes desde su bahía y pescando los sentimientos dejados en otras tierras.
Subiendo hacia el norte, en la región del Venetto, estuvimos unos días en la ciudad de Portogruaro. Portogruaro se encuentra muy cerca de Venecia y algo de su grandeza y estilo se han derramado sobre ella. Son varios los canales que serpentean por la ciudad. Algunos edificios tienen la belleza de la última época medieval y otros el encanto del incipiente renacimiento italiano. Es una ciudad en la que se respira tranquilidad; el vehículo que más predomina y cala perfectamente en este marco tan llano es la bici. En esta ciudad, el silencio predomina sobre el ruido. Junto a las construcciones modernas de pisos, abundan las casas individuales con amplias parcelas, sitiadas éstas por bellos jardines y prominentes árboles. Es una ciudad donde el verdor inunda nuestros ojos.
Con estas cuatro ventanas recordatorias, me he abrochado la mitad de la bota de Italia. Los cordones que quedan medio desatados se han arrastrado por otras grandes ciudades como Roma, Venecia, Florencia, Asís. Si a estos cordones se les diese el don de hablar como a Cipión y Berganza, nos contarían sus experiencias  y los encantos de estas bellas ciudades.