sábado, 12 de enero de 2013

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Septiembre, por Alba Delgado Núñez



Como era de esperar, las cosas se retrasaron. Y no una, ni dos, ni tres; sino ¡tres horas! El instituto, aún en reformas, se llenaba poco a poco de pésimas esperanzas, nervios y raras conclusiones. ¡Vaya ejemplo de administración!
Por los pasillos, los futuros (y aun anónimos) ex alumnos, yacían en vilo. Se amontonaban en los bancos, las escaleras e incluso tirados por el suelo. El  insolente tic-tac resultaba peor que la gota china. En la puerta, otros pocos condenaban sus pulmones a un cigarro tras otro más una nula conversación. Sólo rasquiñas, caladas y miradas de complicidad. Precarias llantinas y estados bipolares de ánimo.
Tan solo un par de ellos parecían estar más tranquilos de lo habitual. A saber por qué. Entre ellos Miss Heartless. No sé si por la falta de corazón o por la satisfacción de su esfuerzo. A decir verdad, había condenado su eterno verano a la biblioteca y a los sábados entre apuntes. La única razón: desacato a su propia autoridad. Por esa maldita enfermedad que hace confundir a los alumnos el verano con el invierno (creo que debería de estudiarse como una plaga).
Mientras los demás se divertían pegando saltos en la discoteca o bebiendo cubatas en el botellón, ella y su amiga pasaban horas asaltando la nevera e intentando comprender el temario que le había tocado a cada una. Lo único que no había cambiado es que, a fin de cuentas, los sábados volvían ciegas a casa.
Antes de seguir, debería hacer una advertencia: ESTUDIAR PERJUDICA SERIAMENTE LA SALUD. Veamos el siguiente caso. Cuatro de la mañana: un estudiante con pendientes para septiembre y alguien que opta por irse de botellón. Ambos están ciegos.  El estudiante, vuelve solo a casa. Al borracho le acompañan sus amigos. El estudiante no tiene con quien arreglar el país en esas profundas charlas económicas (sin duda, las más elocuentes de nuestra época). El borracho encuentra innumerables soluciones a la crisis. El estudiante se siente pesado y aturdido. El borracho se siente liviano, divertido y capaz de cometer cualquier delito que la moral exija. El estudiante se siente cada vez más estúpido y acomplejado por sus conocimientos. El borracho se siente cada vez más inteligente. El estudiante está cada vez de peor humor. El borracho, cada vez más gracioso. ¿Queréis más datos?
En aquel instituto de Madrid, la noche del cinco de septiembre se venía encima. Las notas no aparecían en el tablón, los profesores no eran capaces de abrir la boca. Otra vez el tic tac, la rasquiña, las miradas de complicidad, el morderse las uñas, la sensación de haber aumentado la fuerza de gravedad de la tierra. Todos se miraban. Todos se retorcían en sus mismos nervios e incertidumbre. Hasta que marcaron las nueve menos diez de la noche (cuando se había previsto todo para las seis menos cuarto). ¡Vivían de milagro!
Por fin, el jefe de estudios cuelga unos papeles en el cristal. Las notas. A Miss Heartless se le vino el mundo encima. ¿Habría valido la pena el esfuerzo? Le temblaban las piernas, el sudor le caía por detrás de las orejas. Tenía el rostro pálido. El corazón en un puño. Los resultados de su clase, para no variar, los últimos. Aunque dicen que vale la pena esperar. Entre la aglomeración de compañeros tristes y contentos, pudo acercarse a su nombre. La sentencia final. 
Dos cincos como dos soles, los más bonitos de la historia. Aunque esperaba algo más. Sin embargo, terminó de comprender una frase a la que nunca había querido prestar atención: “La suerte sólo te ayuda a caminar si tienes el valor de dar el primer paso”.