Con este título nos narraba Paco Vílchez su angustia tras vivir el descenso de su amado e histórico Estudiantes a la liga LEB Oro (la segunda división de nuestro baloncesto) desde la liga ACB, algo nunca visto antes en el club colegial. Aún no sabía que meses después las vicisitudes económicas y las actuaciones en los despachos permitieron al equipo del Instituto Ramiro de Maeztu mantenerse en la máxima categoría del baloncesto español.
Larga vida al Estu (una despedida online), por Paco Vílchez
La
tarde primaveral invitaba a la tertulia a la sombra, el estómago estaba lleno,
y ahora el personal rodeaba la mesa esperando su porción de tarta. Los regalos
de comunión aturdían al pequeño Rafa que no paraba de dar vueltas alrededor de
la piscina sobre su flamante bici nueva. Ya no aguanto más, me dije, el Estu se
la está jugando, y me dirigí a coger mi Nokia C6 para conectarme y saber cómo
iba la cosa. Descanso y siete arriba en el Palacio de Los Deportes de la
Comunidad. Mismo lugar donde hace algo más de veinte años el Estu conseguía el
pase a la Final a Cuatro de Estambul. ¡Cosas del destino! Aquel día el lleno
fue a reventar y la Demencia desplegó una pancarta en la que se podía leer:
“With Allah´s sword we will cut Elliah´s hand”. Con la espada de Allah
cortaremos la mano de Elías. El Maccabi se arrodilló y claudicó, al igual que
lo hizo Jamchi cuando intentaba recibir y resbaló, dejando el partido en
bandeja. Luego, una vez en Estambul, el Joventut nos apeó de la final. Daba
igual, el logro ya estaba conseguido.
Comparto
tarta con Carmela en un plato de plástico, la gente sigue charlando en grupitos
aquí y allí y los niños son los auténticos protagonistas de este día de
comunión. Todos son ajenos a mi impaciencia. La conexión se va, cuesta
mantenerla. Pero un rato después el Nokia C6 vuelve a conectar. Final del
tercer cuarto y siguen los siete puntos a favor. Sigo soñando y por un momento
me veo entre la Demencia, animando, vociferando y compartiendo calimocho, como
hiciera en Sevilla en aquella Fase Final de la Copa del Rey del 2003, donde me
convertí en demente de pleno derecho. El Tau no nos dio apenas opciones a lo
largo del partido, pero el mero hecho de vivir aquel partido de cuartos entre
la afición más ruidosa y esperpéntica del baloncesto español me alivió en la
derrota. No fue así en Granada en el 92, donde conseguíamos la primera copa a
color. El triple de Aísa nos daba el paso a semis en las que le ganamos al
Joventut por uno. Luego en la final ante el CAI vino la locura. La elegancia
del Oso Pinone, las acrobacias de Winslow, la maestría de Azofra y Pablito
Martínez, la calidad de Herreros, la dureza bajo aros de Orenga y Pedro
Rodríguez, la veteranía del joven Alfonso Reyes, Aguilar, Alex Escudero… Luego
vendría la de Vitoria, donde la conquistamos ante el Pamesa en el 2000. Ahora
eran los Thompson, Vándiver, Jiménez o el pequeño de los Reyes los que nos
devolvían la locura.
El
pequeño Julio y sus pasadas en el patinete provocándome continuamente me
devuelven a la realidad, la tarta ha dado paso a los cacharros y el Murcia se
pone por delante a poco menos de cinco minutos para el final. Estamos en la
LEB. La crónica de una muerte anunciada se hace realidad. La espada de Damocles vence a la de Allah, el
Ayatolá de la Demencia poco puede hacer con su chilaba y su turbante, la
bandera de Palestina tantas veces desplegada por los dementes tendrá que
conquistar la LEB.
Inconscientes
a mi tristeza el personal sigue apurando el domingo de comunión con cacharros
en mano. Nos despedimos y en el camino de vuelta veo pasar fotogramas por mi
cabeza. Recuerdo aquel póster de David Russell conquistando el primer concurso
de mates en Don Benito que tenía colgado tras la puerta de mi habitación. Un
año después volvería a ganarlo en Vigo. Recuerdo aquel Miércoles Santo en el
que el Barca nos devolvió con creces los dieciséis puntos que les sacamos en el
partido de ida de la Final de la Korak. O el quinto partido en el que nos ganó
la Liga 03/04 tras empatar el 2-0 de
Barcelona. Ese fue nuestro último logro. Pero los logros del Estu van más allá
de la cancha, su inagotable cantera, su imaginación para luchar con el vecino
rico, la cercanía de sus jugadores y, por supuesto, la admirable afición eran y
son la bandera de un club con más de
sesenta años de historia que arrancó en un patio de colegio.
Recuerdo
aquel domingo con la Nochevieja encima del año 92, como y, tras conseguir la
victoria ante el eterno rival en el Palacio de los Deportes, compartimos cañas
con Azofra, con Pinone, con Herreros y con algunos más en un bar cercano al
Palacio. Recuerdo cómo volvíamos para Montilla contagiados de aquel ambiente,
de aquella cercanía de chavales que se convertían en ídolos cada vez que se
colocaban la camiseta del Estu. Sabían que tras de ellos había un mundo de
ilusión que alimentaba un sentimiento, un estilo de vida.
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