viernes, 21 de septiembre de 2012

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La felicidad en versión samurái, por Salva Loriguillo (o como se escriba en chino)

Hace mucho tiempo que aprendí que la historia siempre se repite. Un ejemplo, hace un año también acepté el ofrecimiento de escribir un artículo para esta revista de El Ladrío y, en aquella ocasión, se lo dediqué a la despedida del anterior párroco de Santiago, ocurrida por aquellos días. Un año después, me piden un nuevo texto justo cuando acaban de trasladar al cura Paco de la iglesia del Barrio de las Casas Nuevas. Coincidencias de la vida. Tranquilos, me quedé satisfecho de aquello y no repetiré guión.
Os decía que la historia siempre se repite. Guerras, colonizaciones, vencedores, vencidos… La batalla a nivel mundial que libramos contra el puto poder del dinero nos lleva a posiciones de podredumbre intelectual difícil de sostener en tiempos de bonanza. De las muchas guerras en las que estamos metidos hasta el cuello, a la que más esfuerzo dedico cada día es a la contienda de los chinos. Una “con-tienda” que por supuesto, a estas alturas, estará gestionada por personal chino.
Yo soy de esos capullos que niegan todo lo chino por encima de cualquier cosa. Como hacían aquellos que siempre negaron el uso del teléfono móvil, pero hoy los ves con su Smartphone vacilando en las fiestas. Leo las etiquetas, intento eludir los productos made in China y busco el producto de aquí, lo local. No siempre lo consigo, de hecho no tengo la menor duda que este teclado que ahora martilleo con mis dedos destila sudor de algún joven chino.
En esta barricada antichina, no faltan aquellos que dicen que el comercio con China también puede ser favorable para nosotros, si sabemos venderles –o colocarles- nuestros productos. El vino, por ejemplo. O el aceite de oliva. “Si nos lo curramos, hacemos vino, vamos a China, les gusta, nos lo compran todo y nos forramos”, suelen decir.
Hace dos días tuve la oportunidad de hablar con el responsable de una cooperativa de Montilla. Sacaba pecho de las ventas de su vino en China y dibujaba un futuro con ilusión para el aceite montillano. Ante su discurso embaucador de respiro económico, no encontré argumentos para frenar su alegría: producción, ventas, rentabilidad, dinero para el socio… Perfecto, la línea de la felicidad en versión samurái.  
Diez minutos después abandonaba la cooperativa con la sensación de haber hablado con el jefe de aquella tribu americana que hacía negocios con los colonizadores españoles tras los primeros viajes de Colón. Eran tiempos de negocio, los indígenas del Potosí se forraban vendiendo los metales preciosos que su tierra tenía –producción, ventas, rentabilidad…- hasta que a los colonizadores, hartos de tanto indio, les pudo la avaricia. ¿Tendrán los chinos avaricia? ¿Caerán sobre nosotros para aniquilarnos? Que San Juan de Ávila nos acoja en los Jesuitas…