lunes, 24 de septiembre de 2012

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Confesiones al lector como si nos encontráramos en la barra de un bar, por Carlos Alberto Prieto


Hace tiempo que no escribo en esta revista y, creáme lector, si le digo que lo echo de menos. La verdad es que cada vez me cuesta más sentarme tranquilamente a pensar y poner en papel tranquilamente unas cuantas líneas. En mi caso, he llegado a un punto en que, como cantaba Ismael Serrano, cumplo más años que promesas y paso demasiado tiempo trabajando (lo cual es una suerte, la verdad) y le dedico poco a las cosas importantes de la vida. Bueno, tampoco debo quejarme tal como está todo.
Hablando de todo un poco, en principio había pensado contarles mi sesudo punto de vista sobre la prima de riesgo y las negociaciones del Eurogrupo, pero a medida que voy envejeciendo me estoy volviendo más modesto. Pienso que es falso que el tiempo nos vuelva más sabios, solo nos hace más viejos. Por eso, creo, honestamente, que mi opinión al respecto no le interesa a nadie y además tampoco aporto nada nuevo que Ud. no haya leído en la prensa. Después me puse a escribir sobre los tristes recortes económicos, las subidas de impuestos, la pérdida de calidad de vida de muchas personas y cómo nuestra clase dirigente nos decepciona a cada paso que da. Nada original. Tampoco lo vi nada claro. Mejor lo dejo.
Aunque hace años que no vivo en Montilla, cada día le echo un vistazo al Diario Córdoba. Pero tampoco encontré inspiración en los asuntos de actualidad de por aquí, ya no conozco a la mayoría de personas de las que se habla. En realidad me acabo de dar cuenta que me he convertido en un apuraorzas de primera, de aquellos de los que yo me reía cuando era pequeño (he llegado a cargar 35 litros de aceite en mi coche, lo prometo).

Por otra parte, no importa ser un apuraorzas. Me hace sentir como si todavía estuviera cerca. De hecho, cuando miro atrás el tiempo parece detenido y uno guarda en la memoria imágenes fijas que no envejecen. Casi podría recitar de memoria cómo se repartían las mesas los parroquianos habituales de mi bar favorito hace diez o doce años. En esta imagen, nadie envejece y nada cambia. Me reconforta volver a casa y encontrar a gente a la que no conozco bien, saludar e intercambiar cuatro palabras. Supongo que es una forma de sentir un punto de apoyo para movernos, o una referencia a la que amarrarse cuando algo nos va mal, de tener una Ítaca a la que volver después del viaje lleno de dificultades.
Así que después de darle muchas vueltas, he decidido contarles mi vida, mis pensamientos y cómo a medida que pasa el tiempo, echo más de menos estas páginas, esta revista y a los amigos. Sé que la nostalgia es un sentimiento muy bajo; ya que nos nubla la mente e idealiza un pasado que nunca fue mejor que el presente, lo sé. Pero hay días en que daría todo porque la vida me fuera más fácil, la gente que me importa estuviera más cerca y pudiera ganarme vida a una distancia más asequible. Por suerte, nuestro cerebro tiene un mecanismo de defensa muy útil: el olvido. Ese mecanismo nos permite mirarnos al espejo cada mañana y decirnos que no estamos tan mal para la edad que tenemos, que tener acné era una mierda, que antes me ponía colorado cuando hablaba con una chica y que mejor estamos ahora, a pesar de esas arruguillas que empiezan a aparecer. Y por eso, estas líneas me permiten desahogarme y volver a mis cosas cotidianas. Reconfortado por esta breve mirada atrás, puedo seguir adelante. Gracias, lector por su paciencia. Nos vemos pronto.