¡Válame el ánima de Miguel de Cervantes, que tantas bocas hizo hablar y aun a los perros dio licencia para filosofar! Si yo, Leonor Rodríguez la Camacha, hechicera de Montilla y murmuradora de oficio, he de decir verdad —que no siempre es mi costumbre—, confesaré que no hay aquelarre más poderoso ni conjuro más eficaz que el que se trama en un bar o en una taberna.
No se espante nadie de que una mujer de mis artes lo afirme, pues si los siglos han visto levantarse imperios y desmoronarse coronas, más antiguos son los vasos que se alzan brindando. Antes que el latín se enseñorease de las lenguas, ya el vino enseñaba su gramática colorada a los hombres. En las riberas del Nilo, dicen que se trasegaba cerveza con más devoción que agua; en Roma, que tanto presumía de leyes, no había foro que valiese sin taberna cercana donde se comentasen las sentencias. Y si algún erudito me contradice, le invito a que consulte a Berganza, que en su coloquio bien dio cuenta de cómo los hombres, entre sorbo y sorbo, sueltan la lengua con mayor diligencia que los notarios.
Mas no es sólo su antigüedad lo que me mueve a esta loa, sino su virtud medicinal. Que no hay botica que iguale al mostrador de un bar cuando un alma viene cargada de penas. Allí el jornalero descarga el peso del día como quien deja el azadón; allí la viuda suspira, el mozo presume, el viejo recuerda y el joven inventa futuros que aún no han nacido. ¿Y quién los escucha? El camarero, ese santo laico de paño húmedo y paciencia infinita, que enjuga mesas como si limpiara lágrimas, y sirve tragos como si administrara sacramentos.
He visto yo —y no por arte de hechicería, sino por simple curiosidad— cómo el tabernero sabe más secretos que el confesor del pueblo. Conoce quién ama a quién, quién debe y no paga, quién promete y no cumple. Y, sin embargo, guarda silencio con una discreción que ya quisieran muchos jueces. Si habla, es con retranca; si aconseja, es con ironía; si consuela, es con un “anda, toma otro, que mañana será otro día”, que vale más que cien sermones.
No me negarán que el bar es centro y ombligo de las aldeas. Allí se celebran victorias deportivas, elecciones municipales y hasta los nacimientos y entierros. En la taberna se decide el porvenir del pueblo con más eficacia que en el ayuntamiento, aunque luego se finja que las decisiones vienen de arriba y no del barril. ¡Cuántas repúblicas de sobremesa se han fundado sobre una mesa pegajosa! ¡Cuántas revoluciones se han quedado en espuma de cerveza! Y aun así, benditas sean, que mejor es una disputa de palabras que una de cuchillos.
Hay quien dice que los bares fomentan el vicio. Yo, que he tratado con brujas, soldados, mercaderes y clérigos, sé que el vicio no necesita techo para florecer. Antes bien, el bar lo domestica: convierte la cólera en chanza, la tristeza en canción y la soledad en compañía compartida. Que no es poco milagro transformar un lunes gris en una tertulia risueña.
Y si alguna vez el mundo se acaba —que yo he leído señales en los humos y no me gustan nada—, estoy segura de que el último lugar en cerrar será una taberna. Allí quedará un camarero, limpiando por última vez el mostrador, mientras dos parroquianos discuten sobre quién tenía razón en una disputa olvidada. Y cuando se apaguen las luces, aún resonará el eco de risas y confidencias.
Así pues, alzad las copas, no por el vino solamente, sino por quienes lo sirven. Honrad al tabernero y al camarero, guardianes de la conversación y alquimistas de lo cotidiano. Que si yo, Leonor Rodríguez la Camacha, tuviera que elegir entre mi escoba voladora y un buen banco de taberna, bien podría colgar la escoba y quedarme al calor de una barra, donde los hechizos son palabras y el embrujo, la amistad.
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