Desde El Ladrío, y a través de una entrevista ficticia, irreal y fingida, queremos dar a conocer a los muchos montillanos ilustres, de origen y de adopción, que la historia de nuestra ciudad ha dado.
En esta edición, el elegido es Gómez Suárez de Figueroa, el Inca Garcilaso, escritor, historiador y militar nacido en Cuzco en 1539, y que residió en Montilla durante tres décadas.
Nuestro agradecimiento a Antonio José Llamas Sicilia por su colaboración en este cuestionario, poniéndose en el lugar del Inca Garcilaso.
- En primer lugar, nos gustaría que nos hagas un breve resumen de tu vida, para aquellos que aún no te conozcan.
Nací en el Cuzco el 12 de abril de 1539, hijo del capitán Sebastián Garcilaso de la Vega, extremeño al servicio de la conquista, y de la palla Isabel Chimpu Ocllo, descendiente directa de los soberanos incas. En mí se unieron desde el principio dos sangres que parecían opuestas y que, sin embargo, estaban destinadas a convivir.
En mi niñez “mamé en la leche” la lengua quechua, y junto a ella la memoria viva de mis mayores. Escuché a mis parientes hablar de la grandeza del Tahuantinsuyo. Crecí entre armas y caballos, testigo del “fuego y furor de las cruelísimas guerras civiles” que desgarraron mi tierra. Aquellas escenas marcaron mi espíritu con una mezcla de orgullo y melancolía.
Fui bautizado con el nombre de Gómez Suárez de Figueroa, pero al establecerme en España adopté el apellido de mi padre y el título de Inca. No fue un gesto de vanidad, sino de justicia interior: quise honrar públicamente mi doble linaje. Siempre me proclamé “mestizo a boca llena”.
En 1560 partí hacia España. Obedecía así la voluntad de mi padre, que en su testamento dejó dispuesto que viajara para continuar mis estudios. También llevaba conmigo el deseo de reclamar ante la Corte las mercedes que creía justas por los servicios prestados por él en la conquista del Perú. La realidad fue amarga: hallé desdén y silencio, incluso me planteé regresar a mi tierra, aunque finalmente dirigí mis pasos hacia Montilla donde residía mi tío Alonso de Vargas. Allí viví treinta años que transformaron mi destino. Seguí la carrera militar, como mi padre, y serví en diversas campañas, pero más tarde, desengañado de la guerra, cambié la espada por la pluma. Me convertí en ese “soldado que, perdido por mala paga, tarde se ha hecho estudiante”.
Traduje los Diálogos de Amor de León Hebreo, del italiano, lo que me costó gran esfuerzo, porque ni la lengua italiana ni la castellana eran las mías maternas. Escribí La Florida del Inca, compuse los Comentarios Reales y más tarde la Historia. General del Perú. Mi propósito fue siempre el mismo: salvar del olvido la memoria de mi patria y armonizar en mis páginas las dos culturas en las que viví. Morí en Córdoba el 23 de abril de 1616, dejando mi obra como testimonio de un amor profundo por el Perú y por España.
- Aunque nació en tierras incas y pasó sus últimos años en Córdoba, ¿qué ha significado Montilla para usted?
Llegué a esta localidad, sede del Marquesado de Priego, tras el desengaño sufrido en la Corte, y aquí experimenté una transformación interior que marcó mi vida. Si en el Cuzco fui hijo de conquistador y princesa en medio de un mundo convulso, en Montilla fui hombre de retiro y estudio.
Viví en esta villa entre 1561 y 1591. Bajo el amparo de mi tío encontré estabilidad económica y afecto familiar. Gracias a las herencias y sus rentas pude dedicarme al estudio con una libertad que jamás había conocido. En mis “rincones de soledad y pobreza” hallé una vida “más envidiada de ricos que envidiosa de ellos”.
Montilla fue la cuna de mi vocación de escritor. En su silencio “fabriqué, forjé y limé” mis primeros trabajos. Aquí acepté mi identidad mestiza y me pude relacionar con eruditos y hombres de letras, lo que me ayudó a poder realizar mis escritos.
- Se le considera el primer mestizo cultural de América. ¿Cómo influyeron sus raíces familiares en ello? ¿Se siente más inca o español?
Mis raíces influyeron absolutamente en mi ser. Por la parte paterna heredé la nobleza castellana y el ejemplo de las armas y las letras. Por la parte materna recibí la lengua quechua, la memoria de los Incas y la conciencia de pertenecer a una tradición milenaria.
He dicho en mis escritos que al vivir entre incas me sentía español, y al vivir entre españoles me sentía inca. No soy lo uno ni lo otro en exclusión, sino la síntesis de ambos. Por tanto, no reniego de ninguna herencia. No obstante, me encontré bien aquí, por eso ya nunca regresé a mi tierra natal.
- ¿Qué le llevó a dejar Perú y embarcarse hacia España? ¿Por qué decidió dirigirse a Montilla?
Salí del Cuzco movido por la obediencia filial. Mi padre dispuso que viajara a España para proseguir mis estudios y reclamar las mercedes debidas. Yo sentía que debía honrar su memoria. Me dejó un dinero para poder hacer este viaje. Fue un viaje difícil, no exento de peligros, que por poco me cuesta la vida. Yo era un joven que venía a España lleno de ilusión y de proyectos. De lo primero que hice fue viajar a Madrid para reclamar ante la Corte que se reconociera a mi padre y su papel en la conquista y que de paso que se me beneficiara económicamente.
Cuando mis pretensiones fueron rechazadas, experimenté una profunda herida. Comprendí que la Corte no era el lugar donde encontraría el reconocimiento que buscaba. Fue entonces cuando acudí a Montilla, donde vivía mi tío. Lo que imaginé como estancia transitoria se convirtió en un retiro prolongado.
- ¿Cuáles fueron las principales diferencias que encontró entre vivir en Cuzco y en Montilla?
Las diferencias fueron profundas, no solo en lo geográfico, sino también en lo cultural y social. Allí era el hijo de una noble inca y del gobernador del Cuzco, aquí un mestizo que necesitaba ganarse el mérito día a día. Y me costó trabajo y esfuerzo. Hice amistades con los integrantes de la corte del Marqués, con jesuitas, con historiadores, con personajes como Ambrosio de Morales, con Gonzalo Silvestre, en fin, poco a poco me fui integrando en esta sociedad tan diferente. Y tuve que ganarme también un prestigio a través del sacrificio de participar en guerras y batallas. Por lo demás, aquí también pude tener caballos, en cuya cría ya me inicié en Cuzco; en Montilla traté de llevar una vida con las mismas aficiones que tenía en mi niñez: paseos a caballo, compré tierras de viñas, asistía a los festejos taurinos, participaba en la fiestas locales.
- Al igual que su padre, siguió la carrera militar. ¿Qué motivó esa decisión y qué encontró en las campañas en las que participó?
Seguí la milicia por herencia y por honor. Crecí entre armas y sentí que debía servir a la Corona como lo había hecho mi padre. Tras el desengaño en la Corte, quise ganar méritos propios.
Serví en diversas campañas y en la rebelión de las Alpujarras. Alcancé el grado de capitán que recibí con orgullo. En la guerra encontré disciplina y formación, pero también pobreza y desamparo. Salí de aquellas campañas “desvalijado y adeudado”, pero me hizo tener un nombre, situarme socialmente en la sociedad en la que había decidido seguir desarrollando mi vida.
Comprendí entonces que la espada no bastaba para cumplir mi destino. Lo que había aprendido en la milicia me sirvió más tarde para narrar con verdad las hazañas de otros. Y me fui, de manera autodidacta, introduciendo en el mundo de las letras.
- Es ampliamente conocido por su formación humanista y sus obras escritas. ¿Qué destacaría de toda su producción?
Destacaría mi deseo constante de ilustrar a mi patria. En los Comentarios Reales quise dar a conocer la verdadera historia del Imperio del Perú. Serví de “comento y glosa” para corregir errores y explicar lo que otros no entendieron por desconocer nuestra lengua y costumbres.
En La Florida del Inca busqué rescatar del olvido las hazañas de españoles e indígenas. En la Historia General del Perú narré la conquista y las guerras civiles, intentando armonizar los acontecimientos y narrarlos desde mi experiencia personal.
Toda mi obra responde a un mismo impulso: salvar la memoria de mi nación para que no se pierda en las tinieblas del olvido. Pude, así, contar mi verdad, mi experiencia y, desde mi punto de vista, corregir lo que otros historiadores habían escrito sobre mi tierra natal.
- Se cuenta que conoció en Montilla a Miguel de Cervantes, con quien comparte efeméride del Día del Libro. ¿Qué recuerdos tiene de ello?
La historia nos ha unido en la fecha de nuestra muerte, el 23 de abril de 1616. Vivimos en una misma época marcada por el ideal de las armas y las letras. Aunque no dejé constancia escrita de encuentros detallados, compartíamos el ambiente intelectual de Andalucía. Como bien es sabido, en mi biblioteca no tuve libros de Cervantes, pero me llena de satisfacción pensar que mi traducción de los Diálogos de Amor de León Hebreo pudo resonar en el genio cervantino. Ambos participamos de ese espíritu renacentista que buscaba ennoblecer la lengua y reflexionar sobre la condición humana.
Es para mí una coincidencia de gran asombro que la historia nos haya unido en la efeméride de nuestro fin, aquel 23 de abril de 1616, cuando ambos dejamos este mundo, y así lo reconoció la Unesco cuando fijó que el Día Internacional del Libro se iba a celebrar, cada año, en ese fecha. Aunque mi vida transcurrió en gran parte en el sosiego de Montilla y luego en la ilustre Córdoba, se ha dicho con acierto que en este suelo andaluz alterné con ingenios de la talla de Luis de Góngora y del mismo Miguel de Cervantes.
- ¿Qué consejo daría a los jóvenes que, al igual que usted, se han criado en el mestizaje cultural?
Les diría que no intenten separar sus herencias. Que no renieguen de ninguna parte de sí mismos. La identidad no se construye excluyendo, sino integrando. Deben vivir en la síntesis, amalgamar sus raíces y convertirlas en un solo patrimonio cultural y social. Mira mi caso, el mestizaje no ha sido una fractura, sino una posibilidad creadora.
- ¿Qué siente por todos los reconocimientos que Montilla ha realizado a su figura?
Siento gratitud. Mira, ya en 1579 el concejo me premió por la cría de mis caballos, por lo que desde siempre se ha reconocido mi trabajo en esta ciudad. He atraído a investigadores y personajes que han realizado un gran esfuerzo en recuperar mi memoria, en reconocer lo que Montilla supuso para mí y lo que yo traté de aportar a esta ciudad. El que se recuperarse la casa de mi tío, que después heredé y en la que viví mis años más decisivos, en los que me forjé como escritor, y que se recuperase como casa museo, es para mí una satisfacción, porque gracias a esta ciudad perduro en el recuerdo.
- Para finalizar, ¿cómo le gustaría ser recordado?
Lo he dejado escrito, me gustaría ser recordado como “indio cristiano católico” que armonizó dos mundos en su pluma. Como soldado que, tras gastar parte de su juventud en la milicia, dedicó su madurez al estudio y la escritura.
En septiembre de 1612 compré una capilla en la catedral de Córdoba para que sirviera de enterramiento. La dediqué a las Ánimas del Purgatorio y pedí ser enterrado “llana y sin pompa alguna”. Sobre mi tumba dejé escrito, antes de morir, que se me recordara como “ilustre de sangre, perito en letras, valiente en armas”. Pero más allá de esos títulos, deseo que se diga que amé profundamente a mi patria y que trabajé para que su memoria no pereciera jamás. Para estos mis propósitos, lo que leí, experimenté, reflexioné, dialogué en Montilla fue esencial. Por eso estoy eternamente agradecido.
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