El Coloquio de los perros es la Novela Ejemplar cervantina en la que aparecen Montilla y las Camachas, y da nombre a nuestra asociación. Sus protagonistas, dos canes, Cipión y Berganza, también pretenden serlo de nuestra revista. En cada número, a través de sus reflexiones y posturas en páginas centrales, uno a favor y otro en contra, iremos tratando temas de interés para nuestra sociedad. En esta ocasión, ladrando más a favor de dejar o no dejar propina cuando se acude a un bar, taberna o restaurante.
Cipión: propinas, sí
Mi querido Berganza, can de afilado colmillo y tacaña faltriquera, me adelanto a tu previsible gruñido —que ya oigo vibrar en la perrera de tus principios— para dejar clara mi postura sobre asunto tan espinoso como la propina. Sí, Berganza, la propina. Ese pequeño gesto que a ti te parece claudicación del sistema y desorden contable, y que a mí se me antoja civilización destilada en moneda fraccionaria.
Permíteme empezar por lo obvio: la propina es, ante todo, un incentivo. Y no pongas esa cara de perro filósofo al que le han cambiado el pienso por doctrina. Incentivo, sí. Porque no es lo mismo cumplir que esmerarse; no es igual servir que atender. No equivale traer un plato a la mesa que traerlo con una sonrisa, con diligencia y con ese cuidado casi artesanal que convierte un acto mecánico en experiencia. La propina, Berganza, premia el trabajo bien hecho.
Tú dirás —ya te oigo afilar la objeción— que el salario debería bastar, que el empresario ha de pagar lo estipulado y que el cliente no está para ajustar balances ajenos. Pero no confundamos los planos, querido moralista de sobremesa. El salario ya está definido para cubrir el trabajo correcto, el cumplimiento cabal de las funciones pactadas. Eso está firmado y sellado. La propina no viene a suplir carencias, sino a distinguir méritos. No recompensa lo obligatorio, sino lo excelente. Y en ese terreno —el del desempeño que supera lo esperado— una gratificación bien repartida puede incrementar satisfactoriamente la mensualidad de cualquier trabajador, premiando a quien decide no limitarse al mínimo exigible, sino ofrecer algo más: diligencia, amabilidad y verdadera profesionalidad.
Imagino tu réplica: “Eso genera competencia malsana, servilismo, teatralidad”. ¡Ah, Berganza! Como si el orgullo profesional no existiera antes de que tintinee una moneda. El buen trabajador no se rebaja: se supera. Y saber que ese esfuerzo puede verse reconocido de inmediato, sin burocracias ni evaluaciones trimestrales, tiene una virtud que tú, tan amigo de lo solemne, pareces olvidar: es humano, directo e instantáneo.
La propina no es un impuesto encubierto; es un aplauso en metálico. Es la manera que tiene el cliente de decir: “He visto tu trabajo y lo valoro”. Porque pagar la cuenta es obligación; agradecer es elección. Y ahí reside su grandeza.
Permíteme una comparación doméstica, que sé que aprecias las metáforas de patio y escalera. Cuando las familias, al terminar el curso, regalan un detalle a la tutora de sus hijos —ese gesto que huele a gratitud—, ¿están acaso sustituyendo el salario de la maestra? En absoluto. Están reconociendo dedicación y cariño. Es un gesto voluntario que no figura en contrato alguno, pero que engrandece la relación humana. La propina funciona del mismo modo. No es deuda: es cortesía. No es obligación: es reconocimiento. Y, como toda cortesía, pierde su gracia si se convierte en norma rígida. Nadie te obliga a dejarla; precisamente por eso tiene valor.
Además —y aquí saco ligeramente los dientes— sospecho que tu resistencia no es filosófica sino contable. Hay en tu negativa un temblor de cartera que disfrazas de teoría social. Hablas de justicia estructural mientras calculas céntimos. Invocas la dignidad del trabajador mientras te escudas en que “ya está incluido en el precio”. ¡Oh, Berganza, campeón de la literalidad!
La vida, querido amigo, no se reduce a lo incluido. Hay gestos que no caben en la factura. La sonrisa extra, la paciencia con el cliente pesado, el detalle inesperado… Nada de eso viene desglosado en el ticket y, sin embargo, transforma la experiencia. La propina motiva porque todo ser humano responde al reconocimiento. Es un círculo virtuoso, no una cadena de explotación.
Defiendo la propina como acto voluntario de gratitud y estímulo a la excelencia. Si prefieres pagar exacto, hazlo. Pero no nos prives a los demás del placer de reconocer el buen hacer. A veces una moneda bien entregada vale más que un discurso entero.
Con afecto, ironía y la cartera abierta.
Cipión.
Berganza: propinas, no
Amigo Cipión, una vez más voy a aprovechar este momento milagro de habla entre nosotros, que excede los términos de la naturaleza y que nos permite expresarnos con discurso como si fuéramos capaces de razonar, para poner en valor la importancia de no dar propina por bienes o servicios por los cuales ya estamos pagando un precio acordado.
La propina, en estos casos, se configura como un complemento del precio ya convenido, lo cual puede provocar una serie de problemas que te voy a narrar a continuación. Según el diccionario de la RAE, el término “propina” significa “Agasajo que sobre el precio convenido y como muestra de satisfacción se da por algún servicio.” También tiene la siguiente acepción: “Gratificación pequeña con que se recompensa un servicio eventual.”
Querido Cipión, recuerdo haber escuchado conversaciones a los humanos cuando hablaban de sus viajes alrededor del mundo y la incertidumbre de no saber en qué países se daba propina y la cuantía de la misma. Al parecer, hay países donde dar propina está recomendado, otros donde es obligatorio, otros donde no importa lo que se haga y otros donde se considera como un gesto ofensivo. Es importante comprender las costumbres sobre propinas en cada país para mostrar respeto y evitar situaciones incómodas.
Así, en Estados Unidos dejar una propina del 15% al 20% es habitual y se espera en la mayoría de los servicios, especialmente en restaurantes; en México no dejar propina se considera de mala educación; en Suiza la propina está regulada por ley y suele estar incluida en la cuenta; en Brasil y el Reino Unido la propina suele estar incluida en la cuenta; en Alemania no es obligatorio, pero es común redondear la cuenta; en España, Portugal, Italia o Grecia, dar propina suele ser habitual si el servicio ha sido satisfactorio; en países como Japón, China o Singapur dejar propina puede considerarse ofensivo, ya que el servicio de calidad se considera parte del trabajo.
Amigo Cipión, como ves, las propinas pueden dar lugar a efectos no deseados, tales como salarios bajos, al percibirse por el empleador como una excusa para no pagar sueldos dignos, ya que el trabajador va a recibir una gratificación como complemento, transfiriendo el costo laboral al cliente. Su falta de consistencia convertiría el ingreso del trabajador en algo inestable y basado en la subjetividad del cliente, lo que nos lleva al siguiente problema, esto es, la exigencia de propina elimina el sentido de voluntariedad ejerciendo una presión en el cliente. Además, desde un punto de vista fiscal, las propinas se suelen percibir como ingresos extra no declarados por los cuales no se tributa y quedan al margen del fisco, fomentándose así el dinero negro y la economía sumergida.
Por todo ello, querido Cipión, lo mejor es pagar el precio acordado por un bien o servicio y dejarse de regalías que únicamente sirven para complicar lo que ya está establecido.
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