martes, 7 de febrero de 2017

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Claus y Lucas, por Ofelia Ara Rouse

Hungría se alió con la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Tras la caída de Hitler, fue ocupada por tropas soviéticas. Pasó a ser un país comunista hasta 1991. En este país nació Agota Kristof aunque lo abandonó en 1956.
Dos gemelos huyen de la guerra y van a casa de su abuela, en la frontera. Allí aprenden lo que es una vida dura, deshumanizada, donde los valores de la convivencia se han perdido. Todo lo que rodea es pobreza y miseria, tanto física como moral, encarnado en el personaje de la abuela, entre otros. Mediante un estilo descarnado y seco, la escritora pone ante nuestros ojos la evolución que Claus y Lucas tienen que afrontar para sobrevivir, donde la primera premisa es no sentir, llegar a tener la coraza suficientemente dura como para que el horror circundante no haga mella en sus almas. Pero este “aprendizaje” tendrá sus consecuencias negativas pues en el endurecimiento va implícita la aceptación del mal, como si este fuera un antídoto para los sentimientos humanizadores que habitan en su corazón. Sin embargo, pasados los capítulos más duros sobre la supervivencia, una luz dentro de ellos empieza a iluminar la miseria moral que los envuelve. Es la luz de la inocencia aún no perdida del todo, la visión del que no comprende el desprecio al otro por la simple razón de que es judío, desprecio que rezuma de los vecinos a los que creen conocer y, sobre todo, la visión del que no comprende la falta de compasión, siendo el mayor mal moral de todos. Aun así, incluso en situaciones deshumanizantes, destacan la ternura y la humanidad bondadosa de las personas.
No obstante, como una historia dentro de otra, al modo no ortodoxo de las cajas chinas, no dejan de ser inquietantes los dos hermanos, tanto por sus pensamientos como por sus actos, entre los que está el asesinato compasivo. En nuestro propio aprendizaje se nos enseña que evitar el sufrimiento gratuito es hacer justicia, pero, ¿cuántos hemos sido capaces de poner en práctica esto? Claus y Lucas, sin maestros ni familia educadora, llegan a esa misma conclusión solos, por pura necesidad y anticipando su posible y propia experiencia futura, por pensar que así tendrán la garantía de que alguien les ahorrará la agonía de un gran sufrimiento. Una frase los define muy bien pese a (o precisamente debido a) su juventud: “nosotros no olvidamos nunca”.
Y volviendo a las falsas cajas chinas anteriores (falsas porque no se tratan historias diferentes unas dentro de otras, sino que todo el relato mantiene un hilo conductor sin que perdamos la sensación de que estamos ante otra historia nueva), llegan los tiempos de “paz” soviética y se incorporan a la narración otras personas devastadas por la guerra. Vuelve a asomar la infancia, triste y desesperanzada, mediante un nuevo niño, cuyo miedo al abandono y a la soledad pesa como una losa. Y pasan los años y queda claro que nadie es igual después de una guerra pues las heridas del corazón se tapan groseramente. Las generaciones futuras no veremos esas heridas ni comprenderemos nunca que, rascando un poco, aparezcan con tanta facilidad.
La historia de Claus y Lucas va y viene, es una historia dentro de otra, como si se tratara de una caja de sorpresas. Abrimos una caja y sale una idea, dentro hay otra caja y sale otra idea donde en su interior está la misma historia desde un punto de vista distinto, y así hasta provocar desconcierto. Pero lo que sí perdura en nosotros después de leer el libro es una mezcla de estupor al tener que aceptar, de nuevo, que la maldad humana en la guerra no tiene límites y de congoja al reconocer, una y otra vez, que este horror sigue pasando ante nuestra impotencia, en muchos casos, y nuestra indiferencia, en la mayoría. Sin necesidad de descripciones detalladas, Agota Kristof es capaz de impregnar el ambiente de miseria, en especial de miseria moral. Sin embargo, al terminar la lectura, también reconocemos un destello de esperanza, como si el sacrificio de una generación pudiera ser alguna vez la ceniza sobre la que quizá salga un mundo nuevo.
“Claus y Lucas” se lee como una novela (en realidad es una trilogía, escrita entre 1987 y 1991) sobre la infancia y la guerra, aunque bien podría leerse como una metáfora en la que la propia Hungría toma el cuerpo de dos niños para demostrar que no lucha a favor de ningún bando sino del suyo propio. Los relatos sobre las sucesivas intervenciones, apenas entrevistas, de soldados extranjeros que se hacen llamar salvadores de la población se ven, si no fuera por lo terrible de sus consecuencias, con la ironía suficiente como para que comprendamos el sentir de gran parte de la población ante las injerencias externas. Parece que Claus y Lucas, Hungría en definitiva, dicen: podrán venir los nazis, podrán venir los soviéticos, nosotros seguiremos siendo los mismos.

Claus y Lucas”. Agota Kristof.
El Aleph editores. Colección Booket. 2015