lunes, 11 de agosto de 2014

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Rock a la española, por Amador Pérez de Algaba

La hegemónica situación de Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial hizo que irradiara su estilo de vida a todos los países de su área de influencia. El rock and roll, a pesar de su espíritu poco convencional, también fue un producto exportable  siendo recibido con entusiasmo en todos los rincones.
En Europa fue recibido con distinta intensidad según el país, dándose dos tendencias distintas: a los británicos, suecos y alemanes gustó un rock and roll con ritmo más contundente, en la línea del norteamericano. Y en los países mediterráneos se dio un estilo más melódico apoyado por los festivales de la canción. En este sentido, España copió la tendencia melódica que impuso el festival italiano de San Remo pero pasada por el tamiz del régimen.
El rock and roll se introdujo en nuestro país a través de las orquestas de los centros que mostraban cierta liberalidad de costumbres: cabarés, salas de fiesta o grandes hoteles. Todos eran músicos profesionales adultos interpretando música para la diversión de los adultos, sin ningún impulso de rebeldía. Los más representativos fueron los Javaloyas.
No obstante, al igual que en otros muchos países europeos, la cultura estadounidense se extendió fundamentalmente por medio del cine y las bases militares. Así, a partir de  1956 se comenzaron a publicar discos de Bill Haley, Elvis Presley y algún otro de los primeros rockers. La tentación de imitarlos era demasiado fuerte y aparecieron los primeros cantantes solistas, como Chico Valento, Mike Ríos o Rocky Kan.
Habrá que esperar a 1958-1959 para que estudiantes universitarios, hijos de las clases pudientes de las ciudades más importantes, formaran los primeros conjuntos. Tímidamente representan la primera generación de roqueros más o menos consecuentes: Dúo Dinámico o Lone Star en Barcelona; Estudiantes, Pekenikes, Sonor o Relámpagos en Madrid; Milos en Valencia; etc.
Ante esto, se pensó que era mejor domesticar el rock and roll y suavizarlo que combatirlo, para lo que se celebraron festivales «controlados». En este aspecto la Iglesia católica no se mantuvo ajena y prestó sus locales y emisoras, como el colegio Calasancio en Madrid y Radio Vida en Sevilla (ahora integrada en la Cadena Cope). Además, tuvieron cierta resonancia los concursos nacionales universitarios de música moderna (1960), organizados por el Sindicato Español Universitario (SEU), en los que se mezclaban tunas con grupos de rock y en los que no se necesitaba carné de músico profesional para actuar.
Para dar soporte efectivo al imperio de la canción ligera se crearon festivales como los de Benidorm o Barcelona (Festival del Mediterráneo), iniciando toda una floreciente época que duró hasta 1968. A estos certámenes se presentaban la mayoría de los compositores, cantantes y grupos que querían ascender rápidamente. Eran copias del de San Remo y fueron muy difundidos gracias a la ayuda de la recién estrenada Televisión Española.
Pero fueron otro tipo de festivales los que dieron el primer empujón al rock and roll español. Las Matinales del Teatro-Circo Price, en Madrid fueron una serie de conciertos de grupos musicales del momento que deleitaron a la juventud española, convirtiéndose en una seña de identidad de su tiempo. Entre 1962  y 1964 desfilaron por él artistas como Miguel Ríos, Los Diablos Rojos, Los Pekenikes, Los Cinco Estudiantes o Los Tonys. Tras ser atacadas por la prensa, so pretexto de gamberrismo, fueron prohibidas por escándalo público, después de 15 conciertos y treinta mil espectadores.
Habrá que esperar a la llegada de Los Brincos y la fase de expansión del consumo, producto de la etapa de crecimiento económico de esos años, para la implantación definitiva de la música eléctrica en España.
Además, hasta principios de los años setenta, los discos foráneos de rock seguían llegando censurados, con dos o tres canciones menos y otras portadas, y a los artistas locales se les seguía mirando con lupa si eran comprometidos.