El Coloquio de los perros es la Novela Ejemplar cervantina en la que aparecen Montilla y las Camachas, y da nombre a nuestra asociación. Sus protagonistas, dos canes, Cipión y Berganza, también pretenden serlo de nuestra revista. En cada número, a través de sus reflexiones y posturas en páginas centrales, uno a favor y otro en contra, iremos tratando temas de interés para nuestra sociedad. En esta ocasión, disertan sobre la facilidad para aunar participantes en las manifestaciones deportivas frente a las de carácter reivindicativo.
Cipión: manifestaciones deportivas
Querido Berganza, ¿te he contado alguna vez que… ¡¡¡YO SOY ESPAÑOL, ESPAÑOL, ESPAÑOL!!! ¡Oe, oe. oe! ¿A qué quieres que te gane?
Ya sé lo que estás pensando, Berganza: que me he vuelto loco. Que un perro sensato no debería andar ladrando patrioterías por las esquinas, ni mucho menos celebrando como si le fuera la vida en ello que un puñado de tipos en pantalón corto hayan metido una pelota entre tres palos. Y, sin embargo, amigo mío, aquí me tienes: con el hocico levantado, la bufanda al cuello y dispuesto a defender lo que tú consideras una lamentable muestra de embrutecimiento colectivo.
Porque, dime una cosa, Berganza: ¿qué tiene de malo que, de vez en cuando, nos alegremos juntos?
Vivimos en un país donde nos hemos acostumbrado a discrepar de todo y por todo. Que si el Gobierno, que si la oposición, que si el precio de la vivienda, que si los impuestos, que si la sanidad, que si el vecino ha aparcado donde no debía… Tenemos la piel muy fina y una prodigiosa capacidad para encontrar motivos de indignación. Pero cuando nuestro equipo gana un campeonato, sucede el milagro: durante unas horas, miles (millones) de personas que no se pondrían de acuerdo ni para elegir qué ver en Netflix salen a la calle a abrazarse, cantar y sentirse parte de algo común.
Y eso, querido Berganza, también tiene valor.
Me dirás que es fútbol. Pues sí. Un negocio gigantesco, con derechos televisivos, patrocinios, camisetas, contratos millonarios y jugadores que cobran en una semana lo que nosotros no veríamos juntos en varias vidas perrunas. No seré yo quien niegue semejante obviedad. Pero reducir el fútbol al negocio es como decir que una feria consiste únicamente en vender vino y raciones de gambas. Hay una industria detrás, claro; pero delante hay gente.
Gente que llora, ríe, abraza al desconocido de al lado y, durante un rato, se siente parte de una comunidad. Cuando nuestro equipo gana, no ganan solamente los jugadores. Gana, simbólicamente, ese ciudadano que se pone la segunda equipación de la selección española (sí, la segunda, porque hasta para eso tenemos gustos) y sale a celebrarlo. Gana el camarero que sirve veinte cervezas seguidas, el padre que ve el partido con su hija, el chaval que juega en un campo municipal y sueña con parecerse a su delantero favorito.
Y no me vengas ahora con que deberíamos salir a la calle para exigir mejores hospitales, salarios dignos o una vivienda asequible. ¡Hombre, claro que esas cosas importan! Pero precisamente porque importan existen elecciones, parlamentos, sindicatos, asociaciones, iniciativas legislativas, manifestaciones autorizadas y toda una retahíla de mecanismos democráticos para reclamar lo que consideramos justo. Para cambiar las cosas, utilicemos los cauces definidos para ello. Lo oficial, a través de lo oficial.
La calle, en cambio, también puede ser territorio de alegría.
Quizá porque somos latinos, porque nos gusta juntarnos, porque tenemos una cierta querencia ancestral por convertir cualquier acontecimiento en una reunión multitudinaria. Aquí celebramos bautizos, bodas, ascensos, fiestas patronales y hasta que el hijo del vecino se ha sacado el carné del coche a la decimosexta. Y sí, también salimos a lamentarnos. Pero, si te soy sincero, me parece mucho más saludable que una ciudad entera se llene de banderas porque ha ganado su selección que porque haya descubierto una nueva desgracia nacional.
No todo tiene que ser reivindicación. No toda multitud necesita una pancarta. No toda emoción colectiva precisa un programa político.
A veces, basta con ganar.
Así que, Berganza, tú podrás preferir una manifestación delante de un ministerio; yo prefiero una plaza llena de compatriotas cantando, saltando y celebrando que, por una vez, nos ha salido algo bien. Llámalo frivolidad si quieres. Yo lo llamo felicidad compartida.
Y ahora te dejo tu turno, filósofo de cuatro patas. Ponte solemne, frunce el hocico y explícame por qué deberíamos aprovechar cada concentración humana para arreglar el mundo. Yo, mientras tanto, voy preparando la garganta.
Que si mi equipo vuelve a marcar, no respondo de mis ladridos.
Berganza: manifestaciones reivindicativas
Amigo Cipión, una vez más voy a aprovechar este momento milagro de habla entre nosotros, que excede los términos de la naturaleza y que nos permite expresarnos con discurso como si fuéramos capaces de razonar, para poner en valor la importancia de movilizarnos en masa con fines reivindicativos; no con meros fines lúdicos como los que tú propones sino para protestar y reclamar nuestros derechos.
Estamos viviendo tiempos convulsos ciertamente. Según el barómetro del CIS de enero del 2026, el acceso a la vivienda, el precio del alquiler y la compra son los problemas más graves que afrontan los españoles y que siguen preocupando al 42,6% de ellos y es una cifra que va en aumento; en segundo lugar, tenemos los problemas de índole económica tales como la economía y el paro: la carestía de la vida, el temor a no llegar a fin de mes y la calidad del empleo siguen afectando el día a día. Otro problema acuciante es la calidad de la sanidad que vemos cómo se está deteriorando sin que nuestros gobernantes –con independencia de la ideología política a la que pertenezcan– se ocupen ni preocupen.
Ante esto, yo –amigo Cipión– reivindico y exijo el derecho a movilizarnos en modo de protesta pacífica como forma de decirle la verdad al poder. Es posible que recuerdes que, a lo largo de la historia, las movilizaciones con fines de protesta han sido el motor de algunos de los movimientos sociales más poderosos que han sacado a la luz injusticias y abusos, exigido rendición de cuentas e inspirado a las personas a seguir esperando un futuro mejor. Como bien sabes –querido Cipión– reclamar derechos a través de movilizaciones o manifestaciones populares es un derecho fundamental reconocido en el artículo 21 de la Constitución Española, el cual garantiza el derecho de reunión pacífica y sin armas.
Lo que tú promulgas –amigo cánido Cipión– me recuerda a aquella locución latina que describe la estrategia de un gobierno o de las élites para distraer a la población de los problemas que importan de verdad a base de alimentos básicos y entretenimiento masivo como es el fútbol; me refiero al “pan y circo” (en latín, “panem et circenses”). Dicha frase –acuñada en el siglo I d.C. por el poeta satírico romano Décimo Junio Juvenal en su Sátira X– surgió para criticar con dureza la pérdida de interés político del pueblo romano, que había cambiado su poder de decisión y su libertad por raciones gratuitas de pan y espectáculos de gladiadores y carreras en el coliseo.
Entristece ver movilizaciones populares celebrando la victoria de tu país por haber ganado la copa del mundo de futbol o por haber superado la fase de grupos –como fue el caso de Cabo Verde en el mundial de fútbol del 2026– y no ver a tanta gente echarse a la calle con fines no tan lúdicos pero igual o más legítimos y justificados. Ciertamente –amigo Cipión– fue bonito ver a más de dos millones de personas celebrar en Madrid la segunda estrella de campeones del mundo de fútbol convirtiendo las calles en un inmenso río rojo y amarillo para recibir a la selección; este sentimiento también se vio reflejado en todas las calles y plazas del resto de pueblos y ciudades de España: la selección española de fútbol conquistó el corazón de todo un país entero en el verano del 2026.
El mismo entusiasmo me gustaría ver a la hora de reivindicar derechos y denunciar injusticias. Hasta que esto ocurra –querido Cipión– yo seguiré ladrando en la esperanza de que mi ladrido sirva como canto de sirena que invite a otros a unirse a mis protestas.
Comentarios