Cuestionario montillano a San Francisco Solano


Desde El Ladrío, y a través de una entrevista ficticia, irreal y fingida, queremos dar a conocer a los muchos montillanos ilustres, de origen y de adopción, que la historia de nuestra ciudad ha dado.

En esta edición, el elegido es San Francisco Solano (Francisco Sánchez Solano Jiménez), fraile, sacerdote y misionero franciscano, patrón de Montilla y de numerosos lugares de Sudamérica, beatificado en 1675, canonizado en 1726 y nacido en Montilla en 1549.

- Aunque ha pasado buena parte de su vida por tierras lejanas, ¿qué ha significado Montilla para usted?

Montilla no es solo mi cuna terrenal; es el altar donde Dios sembró en mi alma la primera semilla de la vocación. Jamás, ni en la inmensidad de las selvas americanas ni en la quietud de los conventos andinos, pude olvidar el frescor de sus fuentes, el verdor de sus huertas y el horizonte sereno de sus campos de olivo y vid.

Mis recuerdos más puros me devuelven a mi niñez, cuando recorría el empinado camino que descendía por el barrio de Las Tenerías y la calle Córdoba en dirección a la Huerta de las Minas, junto a la Fuente del Arquita, para llevar el fardel de la comida a mi padre mientras trabajaba la tierra. En aquellas caminatas, al cruzarme con los pobres y desvalidos, sentí por primera vez la urgencia de compartir el pan y consolar al afligido. Montilla fue el bendito crisol donde aprendí a ver el rostro de Cristo en el necesitado, la raíz indeleble que siempre alimentó mi espíritu misionero.

- ¿Cuál fue la influencia que tuvo su familia en su vocación religiosa y misionera?

Esa compasión germinada en las huertas de Montilla floreció gracias al ambiente de profunda fe e hidalguía de mi hogar. Mis padres, Mateo Sánchez Solano y Ana Jiménez, nos educaron a mis hermanos Diego e Inés y a mí en el amor a Dios y la caridad franca. Mi padre, hombre recto y distinguido alcalde, me enseñó el valor del trabajo y el servicio público; mi madre imbuyó en mi alma una piedad tierna y perseverante.

Esa firme formación cristiana encontró su cauce intelectual con los Padres de la Compañía de Jesús en Montilla, sembrando en mí la inquietud por la entrega total. Así, a los veinte años, abracé la austeridad de la Orden de San Francisco. Ni siquiera el dolor por la muerte de mi padre y el regreso posterior para atender a mi anciana madre, sumida en la ceguera, quebrantaron mi rumbo; al contrario, fortalecieron mi abnegación para llevar el Evangelio hasta los confines de la tierra.

- ¿Qué le llevó a hacerse misionero y a elegir esa parte del Sur de América para ejercer su labor evangelizadora?

Mi vocación misionera no nació de una elección personal, sino de un ardiente deseo de entregar mi vida por la salvación de las almas. Tras formarme con los jesuitas en Montilla, vestir el hábito franciscano y ordenarme sacerdote en Sevilla en 1576, sentí que la providencia me pedía más. En el convento de la Arruzafa, donde ejercí como vicario y maestro de novicios cuidando a los enfermos y enseñando paciencia en las tribulaciones, intenté sin éxito partir a las peligrosas tierras del norte de África.

El Señor, sin embargo, tenía trazado otro destino. En 1589, respondiendo al mandato de la Corona y a la llamada de mi Orden para evangelizar el Nuevo Mundo, fui elegido para esta labor. No fui yo quien escogió el Sur de América, sino la obediencia y la voluntad divina. Acepté el encargo con inmensa alegría, sin temer los peligros. Ni el pavoroso naufragio que sufrimos ni los rigores del viaje hacia el Virreinato del Perú y la lejana gobernación de Tucumán mermaron mi fe. Emprendí aquel larguísimo trayecto junto a ocho hermanos franciscanos, impulsado por el ansia de llevar la luz del Evangelio y el amor de Cristo a los pueblos más alejados.

- ¿Qué recuerdo tiene de los pueblos y gentes que encontró por esos lugares?

Guardo en el corazón un recuerdo entrañable y profundamente humano de cada alma que el Señor puso en mi camino. Durante más de catorce años recorrí a pie las inmensas tierras del Chaco, Uruguay, el Río de la Plata, Santa Fe y Tucumán. En esos dilatados parajes no encontré enemigos, sino hijos de Dios sedientos de verdad y consuelo.

Admiré la pureza y la nobleza de los pueblos indígenas, cuya confianza gané no con la fuerza de las armas, sino con la dulzura del Evangelio, el lenguaje universal de la música y la palabra franca en sus propias lenguas. Asimismo, hallé a colonos españoles necesitados de reconciliación y fe. Cuando en 1595 mis superiores me llamaron a Lima para asumir la guardianía del convento, dejé en aquellos caminos del sur mi propia vida, agradecido por haber sido testigo de la conversión sincera de innumerables almas.

- Son conocidos algunos de los milagros que realizó en Montilla y en América, ¿qué opina de ellos?

Los prodigios que la gente me atribuye no son obra de mis manos, sino de la infinita misericordia de Dios, de quien soy un indigno instrumento. Si la Providencia quiso obrar sanaciones milagrosas en mi querida Montilla durante la epidemia de peste —escena que mi admirado paisano José Garnelo inmortalizó con singular maestría en Milagro en el barrio de las Tenerías— o en Montoro, fue solo para aliviar el sufrimiento de los enfermos a través de la oración.

Igualmente, cuando en San Miguel de Tucumán un toro embravecido sembró el pánico, fue la paz del Señor la que amansó a la fiera, bello episodio que el gran Murillo plasmó con tanto genio. También en las tierras áridas del Tucumán, ante la sed angustiosa de los indígenas, Dios hizo brotar agua milagrosa en el pozo de Trancas tras golpear la tierra con mi bastón. Me llena de profunda humildad y respetuoso orgullo ver cómo estos artistas supieron plasmar la gracia divina en sus lienzos. Mas los verdaderos milagros no son las fuerzas de la naturaleza doblegadas, sino las almas que se convierten y abrazan el amor de Cristo.

- Se le suele asociar con la alegría y con el amor a los animales y a la música. ¿Hasta qué punto fueron importantes esos aspectos en su vida?

Fueron esenciales, pues encarnan la esencia misma del espíritu franciscano que abracé desde mi juventud. Aprendí desde niño que la alegría verdadera no es un mero arrebato del temperamento, sino el reflejo de la presencia de Dios en el alma.

En la música encontré el lenguaje más puro y universal para alabar al Creador. Mi humilde violín no solo reconfortaba mi espíritu en la soledad, sino que se convirtió en mi mejor instrumento evangelizador: abría las puertas del corazón de los indígenas antes de que hablara su idioma. Asimismo, en el canto de las aves y en la nobleza de los animales contemplé siempre la fraternidad de la creación, celebrando en cada criatura la bondad divina.

- ¿Qué consejo daría a los jóvenes con vocación de ayudar a los demás?

Les diría que no se dejen llevar jamás por la comodidad del mundo ni por la vana tentación del poder, pues el verdadero sentido de la existencia se halla en la entrega humilde y desinteresada. Quien busca servir debe hacerlo con un corazón despojado de egoísmo, dispuesto siempre a tender puentes allí donde el egoísmo levanta murallas.

Les exhorto a no juzgar nunca a los demás por sus diferencias de origen, cultura o pensamiento; vean en cada ser humano a un hermano amado y digno de compasión. Y, por encima de todo, les pido que no pierdan la alegría, ni aun en medio de las pruebas más oscuras y exigentes. La alegría sincera es el testimonio más contagioso de la fe, la luz firme que transforma el dolor del prójimo en esperanza y el único camino para sembrar paz en este mundo.

- ¿Qué siente por todos los reconocimientos que Montilla ha realizado a su figura?

Siento una inmensa gratitud y una conmovedora humildad al contemplar cómo mi amada patria chica conserva vivo mi recuerdo. Ver que mi casa natal en la calle que hoy lleva mi nombre se transformó en la hermosa Parroquia de San Francisco Solano, o saber que la entrañable ermita del Santico vigila el barrio de Las Tenerías —escenario de mis primeros juegos infantiles y de los milagros que Dios quiso obrar allí—, me llena el espíritu de profunda paz.

Saber que aún permanece en la Parroquia de Santiago la pila donde fui bautizado, o contemplar cómo las nuevas generaciones crecen educándose en el CEIP San Francisco Solano y en el Colegio Salesiano, es el mayor regalo. Que la ciudad me honre en sus estatuas, como la que preside el Paseo de las Mercedes, o en sus cuadros, no ensalza mi persona, sino el amor eterno a Cristo que desde Montilla lleve al mundo.

- Para finalizar, ¿cómo le gustaría ser recordado?

No aspiro a ser evocado entre laureles de gloria humana ni con grandes encomios, pues todo cuanto hice fue para mayor honra de Dios. Me gustaría ser recordado sencillamente como un humilde hijo de Montilla que jamás olvidó sus raíces ni el amor a sus padres, a quienes procuré honrar e imitar en su noble fe, ayudándoles siempre desde el respeto y la abnegación filial.

Desearía que se me recordara como un fraile franciscano fiel a su hábito de pobreza, impulsado por una ardiente vocación misionera que lo llevó al fin del mundo. Me complacería que me vieran como ese nexo de unión fraterno entre mi tierra cordobesa y el continente americano; un defensor incansable y devoto de los pueblos indígenas, a quienes no vi como extraños, sino como hermanos muy amados en el Señor. Que mi vida quede como el testimonio vivo de una vocación americanista e integradora nacida en Montilla, y como el ejemplo de un hombre de paz que, guitarra en mano y con la sonrisa en los labios, sólo buscó sembrar el amor de Cristo.



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