Tengo la sospecha de que las conversaciones han decidido extinguirse por voluntad propia. Como los linces, pero sin costar dinero a la arcas públicas.
No es culpa nuestra, dirán algunos. La tecnología avanza. Los tiempos cambian. Hay que adaptarse. Es posible. Pero hay escenas que invitan a pensar que hemos confundido la comunicación con una especie de concurso en el que gana quien habla con más gente a la vez.
Hace unos días vi a una pareja cenando. No estaban discutiendo. O sí. Resultaba difícil saberlo, porque ambos mantenían una intensa relación sentimental... con sus respectivos teléfonos móviles. Uno sonreía mirando la pantalla. El otro, también. Durante un instante pensé que se estaban escribiendo entre ellos. Me pareció incluso romántico. Luego comprobé que no. Cada uno estaba feliz con desconocidos distintos. La camarera fue la única persona que consiguió mantener contacto visual con ambos. Creo que ya forman un triángulo afectivo.
Hay una frase que escuchamos constantemente: «Tenemos que quedar para hablar». Es maravillosa porque casi nunca se cumple. Quedamos, sí. Hablamos, también. Pero conversar es otra cosa. Conversar exige escuchar. Y escuchar se ha convertido en una actividad sospechosa, casi subversiva. En Montilla todavía sobreviven algunos bancos en las plazas donde la gente mayor mantiene conversaciones de una hora sin consultar el móvil ni una sola vez. Sospecho que algún sociólogo debería estudiarlos antes de que desaparezcan, como patrimonio inmaterial.
Hoy todo el mundo opina. Algunos incluso antes de conocer el tema. La información ha dejado de ser un requisito previo para tener una opinión. Es más, a veces estorba. Uno entra en una red social buscando la receta de unas lentejas y termina encontrando a tres expertos en geopolítica, dos epidemiólogos, cuatro economistas y un señor que asegura haber descubierto la verdadera ubicación de la Atlántida utilizando Google Maps. Lo extraordinario es que todos ahora tenemos algo que decir y casi nadie tiene interés en saber qué piensa el otro. La conversación se parece cada vez más a dos monólogos que se cruzan educadamente sin llegar a tocarse. Como esos trenes que coinciden en una estación durante treinta segundos y luego continúan hacia destinos opuestos convencidos de haber compartido viaje.
Existe una especie aún más rara que el lince: la persona que escucha de verdad. Se reconoce fácilmente porque, cuando terminas de hablar, responde exactamente a lo que acabas de decir después de sopesar tus argumentos. La primera vez que me ocurrió pensé que aquella persona tenía poderes paranormales. Después comprendí que simplemente me había prestado atención.
También hemos sofisticado el arte de evitar conversaciones incómodas. Antes había que reunir valor para decirle a alguien a la cara: «Creo que esto no funciona». Ahora basta con dejar de responder mensajes, ghosting lo llaman. Hemos convertido el contacto cero en una técnica de gestión emocional y el silencio en una forma de castigo. Hay personas capaces de no dirigirte la palabra durante semanas con la misma serenidad con la que otros riegan las macetas. El doble check azul se ha transformado en una especie de notario del desinterés: certifica que el mensaje fue recibido y, precisamente por eso, que el silencio es deliberado.
Quizá el problema no sea que hablamos poco. Al contrario. Nunca habíamos hablado tanto. Lo hacemos en el ascensor, en el coche, por teléfono, por videollamada, por mensajes, por notas de voz de seis minutos. Lo sorprendente es que, entre tanto ruido, escuchar se ha convertido en un artículo de lujo.
Tal vez dentro de unos años las conversaciones se celebren en reservas naturales. «Aquí pueden observarse dos adultos intercambiando ideas sin consultar el móvil durante cuarenta minutos». Los niños señalarán con el dedo mientras el guía explica que antiguamente aquello era bastante habitual.
Y entonces alguien preguntará incrédulo:
—¿De verdad la gente hacía eso?
Sí. Y lo llamábamos simplemente hablar. O, cuando salía especialmente bien, entenderse.
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