El camión del Veta, por Manuel Bellido Mora

Imagen de Rafael Jiménez Jiménez


Es una estupenda imagen que captó Julio Portero con su cámara atenta de reportero callejero. Curro Montoya trabajaba de noche en la Panificadora y repartía al ser de día las piezas de pan que él mismo había hecho.

Nunca tuvo carnet de conducir, así que decidió jubilarse cuando ya no pudo tirar del carrillo. A Curro y su triciclo de chapa, con el pan tierno dentro, les llegó la hora del retiro a la vez. Es una foto que desprende sencillez, orgullo y fuerza. Representa, en su falta de pretensiones, la épica de lo cotidiano, de la que nos ha hablado Antonio Muñoz Molina.

En cuatro latas hay fortaleza. A veces, el metal más noble se encuentra en las raspaduras. Francisco Veta Jiménez fue el propietario de uno de los camiones más populares de Montilla: el Avia, con su cabina anaranjada. Con él, tan escueto en carrocería, su propietario ha encontrado sustento durante cuarenta años.

Andalucía ha sido, preferentemente, el marco de sus correrías. Lo más lejos, Toledo. No iba más allá, confiesa, porque carecía de los permisos correspondientes para distancias más pronunciadas. Y porque, además, siempre le ha gustado dormir en su cama.

Al hacer recuento, Paco está contento con lo vivido. La mayoría de sus clientes le han respondido, han cumplido. Y destaca, entre ellos, a Ciatesa, industria a la que ha estado vinculado más de dos décadas. Allí echó el cierre a su vida laboral después de todo ese tiempo limpiando de residuos la factoría.

Avia se convirtió en algo usual y fácilmente identificable gracias a una atinada campaña publicitaria, con su cancioncilla y un eslogan infalible: “Avia será tu camión”.

Paco no sabe muy bien qué le impulsó a comprar este vehículo, y no otro, entre los que entonces había en el mercado. Pero su decisión no fue ajena a su gusto por lo rudimentario, lo elemental, que además siempre resulta más asequible a un bolsillo modesto como el suyo.

“Yo, antes, ya había tenido un par de motocarros y una furgoneta, con los que hacía los portes que se iban presentando. Después, ya no me aparté del Avia, de bueno que salió. Este mío era como mixto. Tenía el motor Ebro, aunque se comercializaba con la marca Avia. A mí, no me ha fallado en todo el tiempo que he estado conduciéndolo”.

Paco ha hecho de todo. Muchas mudanzas, principalmente, pero también he acarreado toda clase de mercancías, sobrantes y chatarra. Lo residual, lo que nadie quiere, lo que va al vertedero, venga a mí. Aquello cascado y espachurrado, lo que se arrincona con polvo y telarañas encontró acomodo en este volquete.

“He cargado toda clase de cosas. Huevos, uva, hierros mohosos y chapas retorcidas, todo lo que ha venido bien. He llevado chatarra y desechos a Puente Genil y también he retirado objetos inservibles y averiados”.

El Veta, con su camión, ha liberado de lo viejo y arrumbado, lo que ya es inútil e irrecuperable, lo que está agotado y herrumbroso. De mi casa, en la panadería, extrajo, una a una, las piezas desmontadas de un antiguo horno giratorio. Y, de igual modo, se llevó las latas viejas, oscuras y requemadas que estaban amontonadas, después de haber servido para la cochura de infinitas tandas de hojaldres, palillos, teleras y láminas de bizcocho.

Mi padre, Manolo Bellido Bellido, recurría a él cada vez que tenía que aliviarse de lo desgastado y vencido. Así, retiró un gallinero completo, con las jaulas casi podridas por el olvido: el viejo sueño de mi padre de poseer su propia granja, de la que cada tarde recogía huevos para elaborar magdalenas y otros dulces.

A bordo del Avia ha vivido toda suerte de experiencias, a ratos, buenas, incluso. Andaba a jornada entera y, al llegar la noche, lo estacionaba cerca del recio y espigado depósito en la Plaza de la Aurora, juntos como dos amigos inseparables.

Sin que nos diéramos cuenta, pasó a ser un distintivo más del barrio de las Casas Nuevas. Lo aparcaba donde había sitio, muchas veces en la puerta de la panadería, porque cada vez resultaba más complicado dar con un hueco libre.

“Este camión lo ha sido todo para mí. Lo compré cuando la vida estaba de otra manera. Me costó un buen dinero para mis posibilidades, porque con los portes de chatarra se gana lo justo. Pero yo le metía mano a todo lo que había. Total, que le tomé mucho cariño”.

De hecho, Paco se resistió a venderlo cuando se presentó la posibilidad de hacerlo. Le costó deshacer de él, pero, cree, que fue lo mejor que hizo, porque, en su familia, sus hijos tomaron otras direcciones que nada tenían que ver con este mundo del pequeño transporte.

Ahora, como un héroe glorioso, podemos ver el Avia aupado en un pedestal. Ahora, a diferencia de antes, luce distinto color y rótulo, pero sigue siendo el mismo. Es, por así decirlo, el emblema de Transportes Moreno Trapero, una de las mayores empresas, sino la más notable, de este sector en la provincia de Córdoba.

Situada a pie de autovía, su moderna flota se ha especializado con rango de liderazgo en misiones nacionales e internacionales. Transita con autoridad y prestigio por numerosos países de la Unión Europea.

“Joaquín Moreno llevaba tiempo detrás de mí para que se lo vendiese. Pídeme lo que quieras, llegó a decirme. Estaba prendado con él, porque el dueño de este negocio, en su juventud, había tenido un camión de esta serie, con el que se inició como transportista. Representaba mucho para él. Había tenido uno igual o parecido, Avia también”.

Cuando, algunas veces, Paco Veta pasa por allí camino de Aguilar siente una gran alegría al verlo tan cuidado en una plataforma elevada, lo que resalta la importancia de este sencillo y, a la par, eficaz vehículo. “Ahí está muy bien”, me dice. Y añade: “Es una honra después de todo lo que se ha movido, aunque esté ahí quieto y parado”.

“Fue una pena despedirme de él, pero ¿qué iba a ser si en mi casa nadie estaba interesado en seguir? Pero creo que hice lo correcto, aunque, la verdad, pedí bastante dinero para ver si así desistían del empeño de llevárselo. Al final, en el tira y afloja, le quité algo a la cantidad y se lo quedaron. Le di los papeles, lo dimos de baja y asunto arreglado. Yo lo llevé personalmente hasta las cocheras de Moreno Trapero. Fue mi último viaje”.

El Avia ha podido con todo. Ha llevado bidones de agua por encargo de las bodegas cuando escaseaba el suministro. Y en vendimia, era una especie de titán mecánico que ha soportado cargamentos de uva hasta los bordes de las compuertas.

“En vendimia, he metido aquí hasta medio millón de kilos. Era una faena pesada, pero como tenía basculante, así resultaba más fácil, cosa que antes no me ocurría cuando tenía los motocarros, cuando había que sacar el fruto a mano”.

Es un camión que da identidad y que, en su entrañable estampa, contiene más de lo que se piensa. Es, por ejemplo, un símbolo de solidaridad, de ayuda a quien alguna vez lo ha necesitado. Aparentemente lento, lo más que alcanzaba eran 80 kilómetros hora, cuesta bajo, adquiría su mayor velocidad en el socorro al ajeno.

“Yo he hecho muchos servicios gratis total. No he cobrado mudanzas porque eran vecinos con problemas de subsistencia. Si no tenían para pagarme, no había problema. Lo solucionábamos cuando iban pudiendo. Y de hecho, han quedado bastantes por abonarme la factura, pero no me importa, ya que también se trataba de echar una mano”.

Total, que el Avia goza ahora de un retiro dorado, ahí alzado en su peana, al igual que los santos, guerreros, escritores y otras eminencias que suelen recibir este tipo de homenajes. 

En su caso, es una forma de eternizar su robusta mecánica que apenas le ha dado disgustos, a pesar de que, incansable al volante, le ha dado varias vueltas al cuentakilómetros; tantas que ya ha perdido la noción de lo recorrido. El Veta, que sabe todos los secretos del campo y de los cortijos y lagares donde hacía rifas para sacarse unas pesetas, asegura que ha hecho dos millones de kilómetros, él sabrá, que ha roto el marcador de tanto hacerlo girar. El titán naranja de las carreteras.



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