Realmente no era la primera vez que hacía el gesto, pero esta vez, al girar la llave y abrir, tuvo la sensación de acto inaugural.
Un sueño hecho realidad en aquel momento. Las ilusiones que durante años habían sobrevolado su cabeza, se traducían en aquel olor a nuevo del piso que le pareció aroma de gloria.
Ander soltó con satisfacción las llaves sobre el recibidor pero su mente hizo un extraño “click”; ese sonido era inusual para él. Hasta aquel día, el murmullo de la convivencia había tapado esos pequeños detalles sonoros. Ya fuera el televisor o las conversaciones de sus compañeros, ese “ambiente” de su anterior domicilio ya no estaba y acababa de percatarse de ello.
Camino de su dormitorio fue observando cada detalle con satisfacción, el color de madera natural de las puertas, los colores claros de las cortinas y las camas, las escuetas lámparas, el suelo marmóreo y los muebles rectos traídos de aquella tienda tan snob que le encantaba.
Todo estaba en orden y según lo previsto, aunque al sentarse sobre la cama y quedar por un instante vacío de pensamientos, el silencio le creó de nuevo una inesperada incomodidad.
De inmediato, como solución, agarró su teléfono y dio al “play” para que sonara Sinatra. Ese pequeño placer oculto que no se atrevía a compartir con el resto del universo por miedo a la incompatibilidad y ahora podía liberar. “I´ve got you under my skin” sonaba excelso, elegante, adecuado al momento, aunque a decir verdad, en aquella película que con frecuencia recordaba, al protagonista lo había visto disfrutar acompañado. “Bueno, quizás en otro momento, llegará ese baile”- pensó tranquilizándose.
Camino de la cocina pensó en encender la TV, pero dudó porque aún seguía Sinatra, y no se atrevió a interrumpirlo. Finalmente pensó: “quizás ahora, cuando lleve un par de canciones, lo apago y enchufo la televisión”.
Abrió la nevera y tampoco supo qué comer. Antes las cenas las hacía Dani siempre y ahora ya no estaba. Se le estaba amontonando el trabajo, no acostumbraba a tomar “tantas” decisiones y no contaba con su escasez de iniciativa. Entre la pereza y la duda, para evitar más dilemas, volvió a su habitación, se vistió con lo mismo que traía del trabajo y se bajó al burguer de al lado.
Esperando en la cola de pedidos, observaba a su alrededor; casi todos estaban sonrientes en animadas charlas, su cabeza inmediatamente quiso echar mano de algo que le diera ese plus también a él. Como de inmediato no encontraba solución, comenzó a proyectar al futuro: “como estoy conociendo gente, más pronto que tarde vendré de nuevo acompañado y todo estará mejor, viviremos juntos… ¡seguro! Sinatra soñará excelso y habrá un baile”.-Y continuó- “Ahora cuando llegue a casa tengo que subir una foto a mi estado, esta nueva vida hay que compartirla”- pensó con satisfacción.
¡Se vino arriba! Pensar en mostrar su nueva vida en la red y soñar de nuevo con un futuro le reconfortó. Sí, ya estaba todo en orden y en paz en su cabeza, ese era el punto, un poquito de mostrar a los demás y dar rienda suelta a los sueños.
Pasados unos años, un día cualquiera volvía a casa del trabajo, al girar las llaves para abrir la puerta recordó el primer día en que la abrió para quedarse. Camino de su dormitorio, pasó por la cocina y dejó la bolsa con la hamburguesa del local de abajo en la encimera, había sido un día intenso y se alegró por fin de llegar a casa y tener ese silencio.
De seguido, un nuevo “click” mental: abrió los ojos y observó el horno aún sin estrenar,... y la sandwichera, y casi que también el fregadero, y los cuchillos, y la tabla para cortar el pan, y…, cerró los ojos y se dio media vuelta. Aquella, en realidad, era una cocina sin uso.
Al momento, el estómago le dio un pellizco, porque aquello, realmente, sobre el guion, nunca había estado en sus sueños.
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