En aquellos años las nubes eran transitables. Uno podía recostarse en su mullido volumen, saltar de una a otra y sobrevolar la faz de la Tierra pilotando alguna. Y como era posible, lejos de ser un anhelo infantil, Eric sabía que era algo que algún día sucedería.
Dulce inocencia, tiempos en los que Eric solía mirar mucho hacia arriba con el deseo de alcanzar y flotar, de algodón en algodón.
Conquistar las alturas ha sido siempre la natural aspiración humana, y en su caso, siendo aún de tan menudo tamaño, un simple impulso para retirarse del suelo ya era un momento brillante, de gran satisfacción.
Nuestro hombrecito era muy risueño, y aquel sábado confirmaba su estado natural. Como la mayoría de niños, se asombraba e ilusionaba fácilmente, y su cabeza solía dejarse llevar por la imaginación a las primeras de cambio.
Era ya media mañana, Eric medio caminaba y medio brincaba por el pasillo de casa y al llegar al umbral de la sala, sin un motivo especial, alzó la mirada hacia el marco de la puerta y quedó pensativo. Mirándolo, con una media sonrisa, retrasó varios pasos su pequeño cuerpecito sin perder de vista el travesaño de madera. Sones de fanfarria olímpica sonaron al pronto en su cabeza para acompañar como se merecía el instante previo a la gesta.
Aquella banda sonora le inspiró, y cambió la sonrisa por una mueca de épica. De esa forma confirmaba, mientras erguía la mirada, que aceptaba aquel reto de adulto de inmediato, aliándose con la escasa dosis de realismo propia de su edad, que hacía que aquel individuo, de apenas un metro, todo lo viera alcanzable.
Sintiéndose el mítico Lewis, se lanzó a la carrerilla, aceleró, tensó la musculatura y justo cuando iba a atravesar la puerta se impulsó hacia arriba con toda su fuerza alargando la mano para tocar la madera, pero nooooooo.
El contacto con el dintel no se produjo, la imaginaria barra que marcaba la altura a superar quedó a un “escaso” metro de materializarse. Quería volar como aquellos atletas de las retransmisiones deportivas pero no pudo, o mejor dicho, no fue suficiente. Porque al calmarse, ya apoltronado en el sofá de casa, pensó con natural optimismo que, obviamente, no era el final sino el principio de algo que iba a conseguir, y que ahora era el proyecto de su vida.
Ya era atleta, acababa de cumplir la avanzada edad de seis años, ya era todo un tío de primaria y por eso se sentía suficientemente crecido y maduro para proponerse un objetivo. Así, entrenaría como corresponde a todo aquel que hace del deporte su profesión, para alcanzar el dintel de la puerta antes que cualquier otro que participara en aquel deporte que era “tocar el bastidor de la puerta del salón de su casa”.
Como a pesar del primer intento fallido no había visto lejano el éxito, se motivó y se comprometió a entrenarse y a comer. El reto lo mantenía ilusionado y muy vivo, tenía un despejado horizonte hacia ser atleta olímpico y sabía que en ese reto había un factor fundamental.
Desde que aquel hombre menudo tenía entendederas, cada mañana, con cada odiado vaso de leche, había escuchado de su madre la cantinela de que era tan necesaria, que si no la tomaba a diario, se quedaría así de pequeño toda la vida.
Así, cuando llegó el primer desayuno agarró el brick, y echando un vistazo se fijó en la vaca del dibujo. La, en otras ocasiones, detestable cuadrúpeda de cuernos enanos y patas cortas, ahora era una linda vaquita que le echaba un guiño cómplice y, viéndola allí dibujada, él le devolvía una sonrisa cómplice como su nueva aliada que era para conquistar las alturas.
Fueron poco a poco cayendo las hojas del calendario y los brick de leche, y de igual forma, los días fueron meses y los meses fueron años, hasta el día en que, tomando la carrerilla más larga hasta el momento, y después de un buen tiempo en que había descuidado sus tentativas, lanzó un acertado impulso alargando el cuerpo, el brazo y los dedos de la mano para ahora siiiiiii, ¡tocar madera! ¡Lo consiguió!
Ese roce llenó su cuerpo de satisfacción, lo dejó pleno de energía y alcanzando el éxtasis. Se arrojó en plancha al sofá para luego, tumbado ya bocarriba, saborear la gloria.
Naturalmente, con el paso de los minutos, de las horas y los días, sintió desinflarse esa satisfacción. Cada vez que pasaba por la puerta tocaba el dintel, pero aquello era ya algo insípido, esa competición era ya agua pasada y esa sensación le hizo pensar.
Sentado en la mesa de la cocina, agarró el brick de leche una vez más y miró a la vaca, pero esta vez, el rumiante ya no le sonrió y él, con cierta indiferencia tampoco.
Pasó un tiempo bastante apagado, fue presa del televisor y sin la chispa habitual. Pero por suerte, una de esas tardes anodinas sonó el timbre. Al otro lado un amigo, ¿quién si no puede sacar de la desidia a un niño? Pues un amigo, con una gran buena nueva: había recibido un gran regalo, estrenaba bicicleta.
Realmente, sin saberlo, el regalo era también, y aún casi más, para Eric, quien vio de nuevo un futuro por delante, un nuevo horizonte, algo a lo que entregarse en cuerpo y alma.
Por Navidad, Eric y su amigo ya iban cada uno en su biciclo, y aceptaban un nuevo reto, o más bien muchos retos, muchas etapas, montañas, senderos lejanos,...
Durante años aquello les mantuvo enchufados a la vida, y les ayudó a crecer y convertirse en hombres plenos.
Lo inalcanzable se desea, lo inalcanzable motiva. Ese espacio, esa distancia que hay entre quien lo desea y su anhelo provoca al individuo, desencadena acción, o al menos, una proyección mental amplia y gustosa que genera desahogo, espacio y dinamismo.
El movimiento y el dinamismo beneficia al ser humano porque lo empuja hacia un camino, un camino que no es otra cosa que el soñar. ¡Soñar! Cinco letras que mueven el mundo. ¡Dale! ¡Sueña! Date ese espacio, vive, y lánzate a un nuevo horizonte, ve en busca de la felicidad, aunque sea solo eso, buscar la felicidad.

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