La Puerta de Tannhäuser, por Felipe Logroño


Hoy nos vamos al cine, pero de una manera un tanto diferente. Empecemos, que ya han apagado las luces. Seguramente, al leer el título de este artículo, se os ha venido a la mente el mejor monólogo final que ha dado el séptimo arte. Aquel en el que el replicante Roy Batty demuestra que es más humano que nuestros propios congéneres. Durante el mismo, nombra la Puerta de Tannhäuser como un lugar inaccesible para la raza humana. Y lleva su parte de razón.

Dicha puerta forma parte de las leyendas germánicas medievales, que posteriormente fueron llenadas de música por Richard Wagner. Esta es el acceso al reino escondido de la diosa Venus y marca la frontera entre un mundo lleno de dolor y sufrimiento y otro pleno de placer y belleza. Siendo una delgada división entre dos mundos completamente opuestos.
Muchas veces he pensado que hay puertas de Tannhäuser más cerca de nosotros de lo que creemos. Esa puerta de entrada a un cine que, una vez la traspasamos, dejamos atrás nuestra simple vida y nos adentramos en otros mundos y galaxias muy, muy lejanas. Que nos hacen sentir que estamos allí, pero que al salir solo nos preguntamos que qué tal.
Pero no nuestros padres o abuelos, cuando eran ellos los que iban al cine a ver toda clase de maravillas e historias fantásticas. El golpe más duro sería cuando la película vista fuera de los años cincuenta o sesenta y les mostraba esa parte bonita de la sociedad norteamericana, con sus coches, ciudades cosmopolitas y jóvenes guapos. Un ejemplo perfecto sería “Desayuno con diamantes”. Durante todo el metraje, ese montillano de ayer disfrutaba de un mundo sin ataduras sociales y donde un chico normal conseguía enamorar a una chica maravillosa. Seguramente él se imaginaría en el papel de George Peppard y a su amada en silencio como a Audrey Hepburn. Todo así hasta que se encendían las luces.
Volver a su realidad de la Montilla de los cincuenta o primeros sesenta debía ser un auténtico paso de la puerta. Dejaba atrás un mundo precioso y volvía a una ciudad pequeña de una provincia del sur. Con una sociedad constreñida por normas sociales antiguas en un país sin ganas de mirar hacia un modo de vida moderno. Solo podría acercarse a su amor con mucha cautela, buscar la aprobación de las familias y mantener una actitud de máxima castidad. Una vida dura, que exigía un máximo esfuerzo para intentar mejorarla un poco. Ni de lejos soñar con ese beso apasionado en la calle bajo la lluvia. Salía de la cueva de Venus, dejando atrás sus maravillas y placeres, para regresar a esa realidad casi medieval de oscuridad y tristeza. Me lo imagino dando ese primer paso que lo devuelve a la calle, durante el cual asimila que debe dejar pasar esa fantasía que ha vivido durante noventa minutos, subirse el cuello del abrigo y agachar la cabeza para intentar parar el frío que recorre las calles y le congela el alma.
Y cuatro pasos más adelante prometerse así mismo que hará todo lo posible para tener todo lo que ve en la pantalla. Seguro de que con su trabajo y esfuerzo lo conseguirá. Que tendrá su ático, su propio automóvil y su beso bajo la lluvia.
El cine no solo les mostró un mundo mejor, también les dio la fuerza para construirlo aquí. Y a fe mía que lo consiguieron. Manhattan ya no está tan lejos como la luna de Hoth. Consiguieron cerrar la puerta de Tannahäuser.

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