Hay un momento exacto, generalmente entre finales de mayo y principios de junio, en que el calor deja de ser una cuestión meteorológica para convertirse en un estado mental. Uno sale a la calle por la mañana pensando que aún vive en primavera y, dos esquinas después, empieza a sospechar que el sol le tiene algún tipo de resentimiento personal. Es entonces cuando aparece el filósofo que todos llevamos dentro.
Porque el calor, más que sudor, provoca reflexión. No conozco a nadie que haya alcanzado grandes conclusiones espirituales pasando frío. El frío nos vuelve prácticos: abrigo, sopa, calefacción. El calor, en cambio, nos obliga a pensar. Tal vez porque reduce el ritmo del cuerpo hasta dejarlo en una lentitud casi existencial. Uno se queda quieto bajo un ventilador mirando al infinito y acaba preguntándose cosas profundas, por ejemplo: “¿De verdad necesito vivir en un sitio donde en junio ya se derriten las cucharillas del café?”.
Las conversaciones cambian radicalmente en cuanto suben las temperaturas. España entera entra en una especie de simposio climático permanente. Hay personas que solo hablan del calor durante cuatro meses seguidos, como si trabajaran de corresponsales del sol.
—Esto antes no pasaba.
—No es calor, es humedad.
—Pues anoche marcaba el coche treinta y siete grados a las once.
—Hasta agosto no aprieta de verdad.
Son frases que se repiten cada verano desde tiempos de los romanos, seguramente porque no había aire acondicionado en el Coliseo y alguien tenía que comentarlo.
Lo fascinante es que todos nos convertimos en expertos meteorológicos sin haber aprobado física en nuestra vida. El camarero sabe más que la AEMET. El taxista maneja conceptos sobre masas de aire africano con una seguridad admirable. Y siempre aparece alguien que asegura recordar un verano peor, probablemente en 1992, aunque luego nadie logra concretar qué ocurrió exactamente aquel año aparte de sufrir muchísimo.
El calor también transforma nuestra relación con el tiempo. De pronto, las tardes se vuelven lentas y el cuerpo empieza a negociar consigo mismo. La siesta deja de ser un lujo para convertirse en una cuestión de supervivencia civil. Las persianas bajadas adquieren categoría de arquitectura defensiva. Y uno empieza a medir la felicidad en cosas pequeñas: un vaso de agua muy fría, una sombra inesperada o el momento en que el suelo de la casa deja de quemar.
Incluso la personalidad cambia. Hay gente que en invierno es amable y en junio empieza a contestar como si viviera dentro de un microondas emocional. El calor nos vuelve más sinceros porque no tenemos energía suficiente para fingir entusiasmo. De ahí que las conversaciones estivales sean tan honestas.
—No puedo más.
—Yo tampoco.
—Bueno, pues otro café con hielo.
Y así sobrevivimos, filosofando en terrazas, discutiendo sobre grados centígrados como antiguos pensadores griegos, observando el ventilador girar con la solemnidad de quien contempla el universo.
Quizá por eso el calor tiene algo profundamente humano: nos obliga a detenernos. A bajar el ritmo. A aceptar que no siempre se puede correr. Y mientras junio avanza despacio, entre abanicos y gazpachos, uno comprende que la vida, en el fondo, consiste en eso: encontrar una buena sombra y alguien con quien quejarse del tiempo.
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