Desde El Ladrío, y a través de una entrevista ficticia, irreal y fingida, queremos dar a conocer a los muchos montillanos ilustres, de origen y de adopción, que la historia de nuestra ciudad ha dado.
En esta edición, el elegido es José Garnelo y Alda, pintor de finales del siglo XIX y principios del XX.
- Usted nació en Enguera (Valencia) en 1866, pero se trasladó a Montilla con su familia cuando tenía apenas dos años. ¿Cómo recuerda esa primera estancia en la campiña cordobesa, y de qué forma cree que influyó en su sensibilidad artística? ¿Qué ha significado Montilla para usted?
Aunque las contingencias del destino hicieron que mi primer llanto se escuchara en tierras valencianas, mis ojos no guardan memoria que no pertenezca a la luz de Montilla. Mis primeros recuerdos están indisolublemente ligados a la blancura caliza de sus calles, al verde perenne de sus olivares y, muy especialmente, a la sinfonía dorada de sus viñedos bajo el sol implacable del sur.
Montilla es mi casa, donde me crié y crecí, donde me formé como persona, que influyó también en mí como pintor, y el lugar al que siempre he vuelto cuando las obligaciones me lo han permitido.
Esa luz de la campiña, limpia y a la vez preñada de matices cálidos, fue el primer pincel que modeló mi sensibilidad. Su paisaje me enseñó a comprender el volumen a través del contraste y a valorar la serenidad de la naturaleza. Montilla no ha sido para mí una simple estación de paso; ha sido mi hogar espiritual, el refugio constante al que siempre necesité regresar para despojarme del academicismo rígido de las capitales y reencontrarme con la pureza de la creación.
- Aunque empezó estudios de Filosofía y Letras en Sevilla, ¿qué le llevó a cambiar de rumbo y dedicarse por completo a la pintura?
Mi temprana matriculación en la Facultad de Filosofía y Letras de Sevilla respondía al deseo familiar y a una innata curiosidad por las humanidades, el pensamiento clásico y la literatura, disciplinas que, a la postre, jamás abandoné del todo y plasmé en mis obras. Sin embargo, el destino tiene sus propios trazados. Mientras asistía a las aulas universitarias, compaginaba mis horas con las clases de la Escuela de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría.
Pronto comprendí que las ideas abstractas de la filosofía, los mitos de la antigüedad y la vibración de la historia que tanto me fascinaban en los libros no encontraban su verdadera plenitud en mi mente hasta que los traducía en formas, luces y composiciones sobre el lienzo. La pintura no se me presentó como una alternativa de oficio, sino como una urgencia vital idónea para expresar de manera plástica ese bagaje intelectual. La llamada del arte fue un imperativo absoluto; la necesidad de asir la belleza del mundo a través de la paleta terminó por eclipsar las disciplinas literarias, transformando mi inicial bagaje humanista en el armazón intelectual de mis composiciones.
- ¿Qué maestros, influencias o viajes considera fundamentales en su formación artística?
Mi formación fue un compendio de rigor académico y asimilación de la gran tradición europea. En Sevilla debo un profundo agradecimiento a maestros como Eduardo Cano de la Peña, quien me imbuyó el respeto por la estructura y la dignidad de la pintura histórica. Posteriormente, en la Academia de San Fernando de Madrid, pulí mi técnica bajo un ambiente de estricta disciplina.
No obstante, el verdadero punto de inflexión formal ocurrió fuera de nuestras fronteras. La obtención de la beca de mérito en Roma en 1888 abrió mis ojos a la universalidad del arte. Vivir en la Academia Española de Roma y viajar por Italia me permitió medirme cara a cara con el clasicismo y la frescura del Renacimiento. Además, allí coincidí y entablé una fecunda amistad con creadores de la talla de Joaquín Sorolla, cuyo tratamiento lumínico supuso un estímulo colosal. Mis viajes por París y el centro de Europa completaron mi visión, permitiéndome digerir el simbolismo y las corrientes modernas sin perder jamás el anclaje en el dibujo clásico. Mis verdaderos maestros terminaron siendo Velázquez, el Veronés y la estatuaria grecorromana.
- ¿Cómo vivió su trayectoria como académico y docente, y qué aportes considera más importantes en la enseñanza del arte?
La docencia no fue para mí una actividad secundaria, sino una prolongación natural de mi compromiso con el arte. Viví mis años como catedrático de Dibujo del Antiguo y Ropajes —primero en Barcelona y luego en Madrid— con un profundo sentido de la responsabilidad. Siempre sostuve que no se puede ser un creador sólido si se carece de un oficio riguroso; la técnica es el lenguaje que permite la libertad de la idea.
Creo que mi mayor aporte a la pedagogía artística fue la modernización de los métodos de enseñanza. Luché firmemente por desterrar la copia ciega y mecánica de estampas planas que imperaba en la época. En su lugar, impulsé el análisis tridimensional, el estudio anatómico profundo a través del natural y la comprensión del movimiento de los ropajes sobre el cuerpo humano. Tuve el inmenso honor de guiar los primeros pasos de alumnos extraordinarios que más tarde reescribirían la historia del arte, como un jovencísimo Pablo Picasso en Barcelona o Salvador Dalí en Madrid. Ver germinar el talento en ellos, respetando sus inclinaciones innatas a la par que les dotaba de herramientas académicas, es uno de los mayores orgullos de mi vida.
- ¿Qué impacto cree que tuvo su obra en la pintura española de su época y en generaciones posteriores?
A lo largo de mi trayectoria me tocó habitar una época convulsa, un periodo de transición en el que el academicismo decimonónico empezaba a resquebrajarse ante las vanguardias emergentes. Mi obra actuó como un puente necesario entre ambos mundos. En mi tiempo, mis lienzos históricos y mis encargos decorativos —como los del Palacio de la Infanta Isabel o el Casino de Madrid— fueron valorados por su suntuosidad, su pulcritud técnica y su capacidad para aunar la grandilocuencia del pasado con una sensibilidad cromática y lumínica renovada.
Frente a las generaciones posteriores, considero que mi impacto se bifurca. Por un lado, mi pintura defendió la vigencia del gran arte decorativo y mural en unos años que tendían hacia el lienzo de caballete de pequeño formato. Por el otro, mi labor como subdirector del Museo del Prado y director de la Academia de Roma me permitió custodiar y transmitir los valores de nuestra tradición artística. Aunque el devenir del siglo XX apostó por la ruptura radical, mi legado permanece como el testimonio de una pintura total, donde el intelecto, la composición clásica y la vibración de la luz coexisten en perfecto equilibrio.
- ¿Cuál considera su obra más representativa y por qué?
Es difícil para un artista elegir una sola criatura de su catálogo, pues cada lienzo responde a una obsesión o a un momento vital específico. Si tuviera que evaluar mi producción, señalaría el hilo invisible que une a La muerte de Lucano (1887) y Cornelia (1892) como mi máxima representación.
Ambas obras comparten un profundo fondo clásico común. La muerte de Lucano, pese a obtener una Segunda Medalla Nacional, significó mi mayoría de edad creativa, donde el estoicismo y la tragedia clásica se funden en una atmósfera académica impecable. Por su parte, Cornelia refinó ese lenguaje logrando la Primera Medalla mediante una monumentalidad íntima y psicológica. Aunque pertenecen a momentos distintos de mi juventud, ambas telas condensan mi obsesión por el orden grecorromano, el estudio anatómico y la dignidad humana. Hoy me llena de orgullo saber que el Lucano, con su imponente carga dramática, se ha convertido en el verdadero emblema del Museo Garnelo en Montilla, uniendo para siempre mi pasión por la antigüedad con el corazón de mi patria adoptiva.
- Una de sus obras más conocidas es “Primer homenaje a Colón”. ¿Qué opinión tiene sobre el atentado que el cuadro sufrió en el Museo Naval el pasado 12 de octubre de 2025?
Es una noticia que recibí con profundo pesar y una honda consternación. El lienzo fue concebido como una obra de conmemoración histórica de gran formato, un esfuerzo por plasmar plásticamente el encuentro de dos mundos y la trascendencia de un hito que cambió la geografía del planeta.
El gran error de nuestro tiempo es pretender que el arte y la historia se puedan juzgar o censurar desde la perspectiva moral de otro siglo; cada obra responde a las coordenadas intelectuales de la época en que fue creada. Los bienes artísticos deben ser espacios de concordia, memoria y estudio, jamás dianas de la confrontación o el vandalismo. Agradezco hondamente la impecable y rápida intervención de las restauradoras del museo, quienes con celo profesional lograron limpiar el óleo, mitigando los daños sufridos.
El patrimonio es frágil y su destrucción no soluciona los dilemas del presente, son el diálogo y la reflexión serena los que lo logran.
- ¿Qué consejo daría a los jóvenes artistas que buscan desarrollar su talento hoy?
Les diría que nunca menosprecien el valor del oficio y de la disciplina diaria. El talento es una semilla que languidece si no se riega con el trabajo constante; la inspiración debe encontrarte siempre con el pincel o el lápiz en la mano. Hoy en día el mundo se mueve a una velocidad vertiginosa y la inmediatez parece gobernar las conciencias, pero el gran arte requiere tiempo, cocción lenta y paciencia.
No busquen la originalidad ruidosa y vacía por el simple hecho de llamar la atención; busquen la verdad en su propia mirada. Estudien a los maestros del pasado, no para copiarlos de manera servil, sino para comprender los cimientos del dibujo, del volumen y del color. Una vez que posean el dominio técnico del oficio, dejen que su espíritu dicte el camino con total libertad.
- ¿Qué siente al saber que Montilla reconoce su figura mediante dedicatorias, homenajes o la permanencia de su legado, por ejemplo en el Museo Garnelo?
Siento una gratitud inmensa que desborda el corazón. Cuando la ciudad me nombró Hijo Adoptivo en 1893, ya me sentí colmado de un honor que superaba mis méritos, pues yo ya me consideraba montillano por derecho propio. Saber que hoy en día mi memoria sigue viva en la localidad y que mis lienzos, bocetos y estudios descansan cobijados en la magnífica Casa de las Aguas es el mayor premio al que un creador puede aspirar. Es como, si de algún modo, hubiera logrado devolverle a Montilla una pequeña parte de la luz y la inspiración que ella me regaló durante mi infancia y mis años de madurez.
- Para finalizar, ¿cómo le gustaría ser recordado?
Me gustaría ser recordado sencillamente como un hombre honesto que consagró su existencia a la búsqueda incesante de la belleza y a la dignificación del oficio pictórico. Me complacería ser evocado como un pintor que amó la luz, que respetó la herencia del pasado y que intentó trasladar ese conocimiento a las aulas para que otros volaran más alto que yo.
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