Baco, Dionisio. Vino... por Paco Vílchez


Hablar de vino en Montilla es como hablar del Papa en Roma. Todo dios tiene algo que decir. Remontarnos a la historia lo dejo para la Wikipedia, pero que el vino ha estado presente en Montilla siempre es algo indiscutible. Independientemente de que cada cual quiera ponerle fecha a ese siempre. Pero el regusto que nos queda a los que ya somos casi sesentones y que hemos nacido y crecido rodeados del misticismo del vino, es complejo.

Los días grandes de las décadas de mediados y finales del siglo pasado quedaron atrás, pero no son pocos los que sin darse cuenta siguen manteniendo las manecillas de sus relojes ancladas en aquellos tiempos. Mientras tanto, la sangría y escabechina ha ido avanzando de forma pausada pero constante, dejando a día de hoy al sector, que se ampara en la cultura y las tradiciones, en un estado dolorosísimo. Los camiones que salían a diario cargados de cajas y arrobas, minando la geografía de la España cainita de los mejores vinos finos, quedaron en el desguace, como síntoma de la decadencia que después lo perturbaría todo.

Ahora, cada cual hace la guerra por su cuenta, manteniendo la misma inquina pero casi a pecho descubierto. Sin mucho reparo, exponiéndose sin complejos, y manteniendo una, a veces puramente desleal. Vale casi todo, al igual que antes, pero sin el casi.

Afortunadamente siempre habrá quien se resista a hincar la rodilla, y, con el reloj en hora, sepa leer el tiempo que le ha tocado. Quizás por ello y en una valiente huida hacia adelante ponen todo su empeño en producir vinos de calidad, o en el peor de los casos, amigos del vino que ayuden a pagar nóminas y a mantener el vínculo vivo. Y ahora sí, casi todo puede valer, sin renunciar a lo que fuimos pero con los pies en el suelo. Enoturismo, catas, fiestas de los patios, redes, eventos, venta on line…

Una guerra de trinchera que cada bodega, o cada lagar, la sufre con sus provisiones, sus males y su imaginación. Gracias a ellos, a cada soldado, a cada tropa, a cada general, la denominación se ha llenado de vinos diferentes, casi inentendibles décadas atrás, cuando en las tabernas no se bajaban de los quince grados. Ahora la Pedro Ximénez ha vuelto a eclosionar con los vinos de parcela, donde cada terruño marca la diferencia. La obsesiva necesidad de bajar grados ha hecho que florezcan vinos diferentes o que, mediante el tránsito por los lagares, los vinos del año engañen al bebedor novel, haciéndole creer que esos quince grados quedan algo distantes. Y es que, otros vinos, como los vinos oxidados quedan lejos, tan solo reservados para los privilegiados conocedores de los entresijos de una uva.

Aun así, y en una exaltación de nuestros vinos, no me resigno a pensar que ya está todo dicho. Sin duda, los números son demoledores: descenso de consumo, descenso de hectáreas, guerras intestinas, guerras con el consejo regulador, que debe hasta de callarse, y un sin fin de condicionantes. Pero no cabe duda que el misterio del vino ha mantenido a las civilizaciones vivas a lo largo de miles de años y que lo seguirá haciendo. Como tampoco cabe duda que, al amparo de una copa y una charla, el colectivo imaginario cobra tanta dimensión como el real. Cada copa compartida es un mensaje de necesidad, de disfrute, de complicidad…

Percibo que por detrás vienen brotes verdes. Jóvenes que disfrutan con los generosos y que saben entenderlos lejos del vicioso botellón. Jóvenes que en su tránsito hacia la madurez eligen al vino como compañero de trayecto.

El sector esta jodido, tanto como la sociedad que nos rodea y en la que estamos inmersos. Y encontrar en el vino el compañero generoso para aguantar en la trinchera sería una manera muy romántica e inteligente de alistarse a los fieles de Baco o Dionisio. Al fin y al cabo, cada guerrero necesita un dios. Por cierto, ambos dos inspiraban el teatro, pero ya hablaremos de eso otro día.

Salud.

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