Pan y circo, por Leonor Rodríguez, la Camacha


Si yo, Leonor Rodríguez la Camacha, que de hechizos y engaños algo entiendo, tuviese que escoger el conjuro más antiguo y eficaz para gobernar voluntades, no gastaría pólvora en sapos, sangre de gallo ni palabras dichas al revés. Me bastarían dos cosas: pan para llenar la barriga y circo para distraer la cabeza. Que ya lo sabían los romanos, y cuando los romanos sabían algo, convenía tomar nota, aunque después acabasen matándose entre ellos con admirable aplicación.

Fue Juvenal, poeta de lengua afilada, quien habló de panem et circenses: pan y espectáculos para un pueblo al que convenía mantener satisfecho y, sobre todo, ocupado. Mientras el populacho recibiese trigo y diversiones, podía mirar con menos atención cómo otros gobernaban, cobraban impuestos o se quedaban con lo que no les pertenecía. Ingenioso sistema: en vez de solucionar los problemas, se distrae al que los padece. Si no fuera porque funciona, parecería una broma.

Los emperadores romanos fueron maestros en el arte. Distribuciones de grano, carreras de cuadrigas, combates de gladiadores, fieras devorando cristianos y cristianos perdiendo la paciencia: había entretenimiento para todos los gustos. El César podía subir los impuestos mientras el ciudadano discutía quién había ganado la carrera. Y si el pueblo protestaba, siempre quedaba algún espectáculo capaz de hacer olvidar durante unas horas que la vida era dura y el emperador bastante más rico que uno.

Con el paso de los siglos cambiaron los vestidos, las armas y los nombres, pero no el procedimiento. Reyes absolutos organizaron fiestas, torneos, procesiones y celebraciones públicas para mostrar magnificencia y recordar al súbdito quién mandaba. En las cortes europeas se gastaban fortunas en bailes y festejos mientras campesinos y artesanos contaban las monedas para comprar harina. Pero, ¡ay!, protestar contra el rey después de una buena comedia resultaba menos urgente.

Llegaron las revoluciones, las repúblicas, los parlamentos y los gobiernos modernos, y cualquiera pensaría que el invento habría quedado enterrado con los césares. ¡Qué inocencia! Cambió el escenario y aparecieron periódicos, radio, cine, televisión y, finalmente, esas pequeñas cajas luminosas que llevamos en la mano y que saben más de nosotros que nuestro confesor.

Los gobiernos aprendieron que ya no hacía falta arrojar cristianos a los leones. Bastaba con proporcionar entretenimiento abundante, repetir consignas y mantener al respetable ocupado mirando hacia otra parte. Dictaduras y democracias, monarquías y repúblicas han entendido, cada una a su manera, que un pueblo entretenido puede resultar bastante menos incómodo que un pueblo aburrido y preguntón.

Y llegamos al prodigio contemporáneo: el fútbol. ¡Ah, el fútbol! Hechizo de hechizos, religión sin templos y guerra sin cadáveres, aunque algunas tertulias posteriores hagan dudar de lo segundo. Durante noventa minutos, millones olvidan inflación, paro, impuestos, guerras, hipotecas y hasta a la suegra, milagro que ni yo, con todo mi repertorio, he conseguido jamás.

Una Champions puede convertir un miércoles cualquiera en acontecimiento planetario. Un Mundial consigue todavía más: durante un mes, las banderas salen a los balcones, los bares se llenan, los desconocidos se abrazan y hasta el vecino que jamás saluda se convierte en hermano de patria. Si España gana, todo es gloria, unidad y orgullo nacional. Si pierde, aparecen de inmediato millones de seleccionadores dispuestos a explicar que ellos ya lo habían advertido.

Y si Argentina cae derrotada, tampoco falta espectáculo: unos lloran, otros celebran y los demás explican por qué el árbitro, el entrenador, Messi, el césped o la mala fortuna tuvieron la culpa. Entretanto, las facturas siguen llegando con puntualidad romana.

No digo yo que el fútbol sea malo. Antes al contrario: bastante más saludable es gritar un gol que incendiar el Senado. Pero conviene recordar el hechizo mientras lo disfrutamos. Porque el pan sigue siendo necesario y el circo puede ser divertidísimo; lo peligroso comienza cuando nos ofrecen mucho circo para que dejemos de preguntar por el pan.

Y eso, señores, no lo inventó el fútbol. Lo inventaron los romanos. Nosotros, que somos gente de progreso, únicamente hemos mejorado la retransmisión.

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