De Montilla para el mundo, por Leonor Rodríguez, la Camacha


No hay cosa que más risa me cause que oír a ciertos letrados de sobremesa hablar de Montilla como quien habla de un rincón perdido donde sólo crecen vides y viejas murmuraciones. ¡Jesús, qué ignorancia tan bien peinada! Porque si el mundo fuese justo —y no esta taberna de vanidades donde medran necios y prosperan solemnísimos majaderos— habría de reconocerse que Montilla lleva siglos exportando más historia, más santos, más vino y más talento que muchas capitales que viven de ponerse plumas ajenas.

Y dígolo yo, Leonor Rodríguez la Camacha, cuya fama llegó tan lejos que hasta los perros de Miguel de Cervantes me sacaron a relucir en sus filosóficos ladridos. Que no es poca honra para una hechicera de provincia acabar inmortalizada por el mayor fisgón de almas que parió España. Bien conocía Cervantes esta tierra, donde hasta las beatas esconden retranca y los taberneros discuten de imperios mientras rellenan vasos.

Porque Montilla tiene esa condición peligrosísima de aparentar humildad mientras se mete en la historia universal por la puerta de atrás, que es por donde entran las cosas verdaderamente memorables. Otros pueblos salen al mundo con trompetas; Montilla sale con una bota de vino bajo el brazo y cuando los demás quieren darse cuenta ya les ha conquistado el gaznate y la memoria.

Empecemos por los vinos, que son los únicos diplomáticos sinceros que ha conocido la humanidad. El vino montillano no necesita ejército ni bula papal: basta una copa para volver filósofo al albañil y poeta al carnicero. Hay reyes que firmaron tratados imposibles después de vaciar media botella, y no me extrañaría, porque el amontillado tiene más poder conciliador que veinte embajadores juntos y bastante más honradez. ¡Ah, si las guerras se resolvieran en tabernas y no en palacios, cuántos cementerios estarían vacíos!

Y ya que hablamos de guerras, no olvidemos la batalla de Munda, cuando Julio César vino por estas tierras a dejar claro que Roma no se gobernaba sola. Mucho cuentan los cronistas sobre estrategias y legiones, pero yo sospecho que César entendió aquí la gran verdad del poder: ningún imperio dura tanto como un buen vino ni deja tan buen recuerdo. Porque de los cónsules apenas se acuerdan cuatro bachilleres polvorientos, mas del vino de Montilla se acuerda cualquiera que conserve lengua y sed.

Parió esta ciudad al Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, que fue a Italia a enseñar a los italianos cómo se pelea y a los españoles cómo se manda. Y ya es mérito notable imponer disciplina a soldados españoles, gente que suele obedecer con el mismo entusiasmo con que un gato se mete al agua. Pero el Gran Capitán lo consiguió, y aun volvió cubierto de gloria, que es enfermedad muy rara entre militares, donde abundan más los fanfarrones que los héroes.

Luego vino San Francisco Solano, que cruzó el océano hacia América para predicar entre indios con más música que amenazas, cosa extraordinaria en tiempos donde muchos confundían evangelizar con repartir garrotazos. Él convirtió más corazones con una sonrisa que otros con cien hogueras. Y detrás apareció Diego de Alvear, navegante y militar, hombre de esos que unen continentes mientras los burócratas apenas consiguen unir papeles.

Mas Montilla, que no se contenta con fabricar hijos ilustres, también adopta luminarias ajenas. Aquí reposó San Juan de Ávila, cuyo verbo encendía conciencias mejor que el aguardiente en ayunas. Y aquí vivió el Inca Garcilaso, mitad América y mitad España, que supo escribir con más nobleza que muchos nobles y con más memoria que todos los cronistas oficiales juntos, oficio éste donde suele florecer la mentira con escudo.

Así acabó Montilla tendiendo puentes entre América e Italia mientras otros pueblos apenas tendían ropa. Y en medio de todo, Cervantes mirando, tomando nota y dejando a la Camacha metida en El coloquio de los perros para eterna murmuración de eruditos y curiosos.

De suerte que no llamen pequeña a esta ciudad, porque hay lugares que ocupan mucho mapa y poca historia. Montilla, en cambio, ocupa poco espacio y se cuela en todas partes: en las copas, en los libros, en los altares y en las aventuras del mundo. Y eso, señores míos, no lo logra cualquier villa con campanario y alcalde.

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