Estos días, en los cuales ha vuelto a surgir el tema del control de la cara oscura de las redes sociales y el acceso a ella de nuestros hijos menores, volviendo a recordarnos que esto es un problema de una grandísima envergadura, en vez de tomar el toro por los cuernos y cumplir con nuestro papel de padres, pedimos al político de turno que legisle para que nos quite esa responsabilidad, ilegalice el acceso a las redes de nuestros herederos y, además, castigue a los dueños, llegando más allá de la que es su responsabilidad real, perseguir los delitos que se comentan en la web. Hay pocos ejemplos mejores del porqué de todos los males que nos aquejan como sociedad.
Lo primero es renunciar a la responsabilidad de ser padres. Que no es otra que guiar, educar y enseñar a protegerse a nuestros vástagos. Que hay peligros más allá de la puerta de nuestra casa no es nuevo, nosotros crecimos rodeados de ellos y nuestros mayores nos enseñaron a superarlos. Algunos prohibían acercarse a ellos, otros nos contaban sus malas experiencias y también los había que acompañaban en su descubrimiento. Ahora no, ahora que lo prohíba otro para que él sea el malo.
Lo segundo, para continuar con nuestra negación de la responsabilidad, es que se prohíban las redes sociales para los menores. Esto es tan fantástico como la actual prohibición de venta y consumo de alcohol para menores, cuando en casa hay auténticas boutiques de bebidas espirituosas. Lo cual siempre ha sido un plan sin fisuras para evitar el consumo en menores. Con ello conformamos la gran excusa de que los menores consumen lo prohibido, no porque los padres no hagamos nada, sino porque no se combate con suficiente ahínco el acceso a estas sustancias.
Y el remate es que se persiga judicialmente a los dueños de nuestras redes favoritas por la fantástica razón de darnos aquello que buscamos con más ansiedad. Ellos son los culpables de haber desarrollado un producto que nosotros consumimos sin parar. Se nos cae la boca de decir que esa herramienta diabólica llamada algoritmo, sin tener ni puñetera idea de qué es un algoritmo, es la culpable de que nuestros continuadores del camino se estén hundiendo en un mundo lleno de rabia y maldad. La celebérrima herramienta informática solo nos da lo que nosotros le pedimos. Si nunca nos parásemos en todo lo que refleja odio, dolor, intolerancia o maldad, no nos lo ofrecería. Y comprobarlo es fácil, solo hay que marcar esas historias o videos con el icono de la desaprobación y no volverán a aparecer.
Todo esto para que alguien eduque a nuestros hijos por nosotros, que esto conlleva trabajo, tiempo y responsabilidad. No estamos para eso, que entonces no podríamos echar horas y horas consumiendo redes sociales.
Que las redes son un problema, no lo duda nadie. Que mirar para atrás es inútil, también es verdad. Tanto como que todavía estamos a tiempo de resolverlo sin necesidad de que ningún gobierno legisle nada que ataque a nuestra libertad ni a la de nuestros niños. Las redes están en nuestras vidas y tenemos que convivir con ellas, tienen un lado bueno muy importante que podemos explotar en nuestro beneficio. Y para que nuestros hijos naveguen con seguridad solo es necesario que los adultos sensatos los acompañemos, enseñemos, consigamos que confíen en nosotros y les mostremos que ese universo está lleno de buena gente, pero también de monstruos. En resumen, qué puertas deben abrir y cuáles cerrar inmediatamente y, si no se ven con fuerzas para ello, que nosotros estamos ahí para ayudarles.
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